Cautelas observadas

Algunas familias acostumbraban tener al niño a oscuras durante dos o tres días ya que la luz se consideraba muy perjudicial para los recién nacidos (Bermeo, Lemoiz, Zeanuri-B). En Urduliz (B) el niño permanecía en la cuna prácticamente a oscuras durante aproximadamente un mes; durante este tiempo sólo lo sacaban de la cuna para darle de mamar y mudarle. En Carranza (B) se los tenía en cuartos poco iluminados durante los primeros meses de vida ya que se creía que un exceso de claridad les podía dañar sus sensibles ojos.

En esta última localidad vizcaina no se le lavaba nunca la cabeza para eliminarle la tofa o costra de suciedad que se le formaba en la misma, pues se creía que al tocarle la sutura de los huesos craneales, que a esta edad aún no está cerrada, se le podían "hundir los sesos" provocándole la muerte. Para limpiarle se le aplicaba suavemente vaselina que ablandaba la tofa y formaba una capa que al secarse se desprendía y caía sola. Algunas mujeres también recurrían al aceite con la misma finalidad. A veces se ayudaban de una peina de las empleadas contra las liendres para ir levantando la costra suavemente. Se le empezaba a lavar la cabeza cuando se consideraba que estos huesos se habían soldado o cerrado completamente. El aseo del resto del cuerpo se realizaba con normalidad.

En Vasconia continental se decía que a los niños pequeños no había que lavarles nunca la cabeza , ni siquiera quitarles la costra que se les solía formar, ya que se creía que la misma era efecto del rito bautismal[1].

En Carranza (B) una creencia bastante extendida era la de no cortar nunca las uñas de manos y pies a los niños muy pequeños ya que de hacerlo se quedaban sordos. Parece ser que posteriormente esta costumbre se limitó a las uñas de los pies. También se consideraba perjudicial colocarlos frente a un espejo de modo que se reflejase en él. Asi mismo se decía que no se les debía sostener apoyados de pie porque se les arqueaban las piernas. Tampoco tenerlos -mucho tiempo en brazos porque se les desviaba la espina o columna vertical.

En Améscoa (N) si el bebé era una niña le tiraban de las teticas para que tuviera leche cuando le hiciera falta[2].

En los días siguientes al nacimiento se debía prestar especial atención al ombligo para evitar que se infectase o para curarlo en caso de que ya se hubiese infectado. En Carranza (B) si presentaba mal aspecto se le curaba con polvos de talco. Pero como no siempre se dispuso de los mismos había quien empleaba en su lugar el polvo que desprende la madera apolillada o carcomida o bien cenizas de tabaco. Una informante recuerda que aprovechando que su marido era fumador y utilizando un trapito agujereado que posaba sobre el ombligo, depositaba allí la ceniza y después la cubría con un paño.

En Allo (N) hasta el definitivo desprendimiento del cordón la matrona hacía una cura diaria a la criatura aplicando polvos de talco o de óxido de zinc con una gasa o un trapo de hilo; a veces le ponía un poco de yodo para que le cicatrizase antes.

Desde hace varias décadas los partos se atienden por personal especializado de hospitales y clínicas y son ellos los encargados de ejecutar todas las operaciones de limpieza, de curar el ombligo, depositar unas gotas de nitrato de plata en los ojos, pesarlo, lavarlo y llevarlo nuevamente con su madre. Los agujeros en los lóbulos de las orejas de las niñas se efectúan también en estos centros.


 
  1. Juan THALAMAS LABANDIBAR. "Contribución al estudio etnográfico del País Vasco continental" in AEF, XI (1931) p. 25.
  2. Luciano LAPUENTE. "Estudio etnográfico de Améscoa" in CEEN, VIII (1971) p. 142.