Heridas causadas por clavos

De Atlas Etnográfico de Vasconia
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En Muskiz (B) cuando alguien se mete un clavo en el pie, tras sacarlo se hace sangrar la herida para que limpie. Por miedo al tétanos antes se prendía una astilla de pinotea u otra madera de buen arder, se la empapaba en aceite de oliva, y el goteo de aceite que pasaba por el fuego se dejaba caer sobre la herida para que penetrase en el agujero y lo desinfectase.

En Abadiano (B) después de extraer el clavo, para evitar la infección echaban aceite hirviendo sobre la herida por medio de un trozo de paja.

En Elosua (G) si se clavaban en el pie una punta, punta-parixa[1], o cualquier otro objeto, colocaban en el suelo un bote con brasa y vertían en él aceite para que desprendiese vapor. Encima se ponía el pie cubriéndolo con un trapo. Se consideraba un remedio muy eficaz. En Lezaun (N) cuando alguien se clavaba un clavo o una punta se golpeaba la herida con una tabla para que sangrase y después se le echaba vino. De este modo se desinfectaba. En Bermeo (B) cuando se clavaban un anzuelo lo cortaban y lo extraían de punta, girando sobre sí mismo siguiendo la dirección en que se había introducido. Antiguamente en el trayecto del mismo, tras su extracción, introducían un punzón de madera humedecido con aceite caliente.

En Arrasate (G) si se ha producido una herida y han penetrado cuerpos pétreos se limpia con agua oxigenada y se extraen los cuerpos extraños.


 
  1. La punta de París es un clavillo de alambre. En Lezaun (N) llamaban clavos a los que hacían los herreros y puntas o puntas de París a las que se vendían en las ferreterías. Este último nombre provenía de la marca con que se comercializaron las primeras puntas.