La asistencia al sepelio

Las personas asistentes al funeral se suelen desplazar hasta el cementerio para estar presentes en el sepelio o, como se suele decir, para «dar el último adiós» al difunto. Pero no siempre ha sido así. En un buen número de localidades, antaño, eran pocos los que presenciaban el enterramiento y además no tenían por qué ser parientes directos del difunto. Quizá esta escasa asistencia a la inhumación en el cementerio fuese reflejo de la mayor importancia que popularmente se daba al enterramiento en la iglesia.

Debe tenerse en cuenta que durante siglos y hasta la centuria pasada los enterramientos se efectuaban en el interior de las iglesias y que desde entonces, por cuestiones sanitarias, fue obligatorio realizarlos en los cementerios habilitados en las afueras de los pueblos. Al ocurrir esto siguió prevaleciendo la sepultura simbólica que representaba la antigua sepultura familiar en el templo, considerándose secundaria la inhumación en el cementerio; de hecho en un buen número de poblaciones este recinto sólo era visitado a principios de noviembre y en algunas, hasta tiempos recientes, ni siquiera era costumbre desplazarse al mismo en estos días.

En otras localidades era costumbre que al cementerio sólo acudieran los hombres y no las mujeres. Quizá fuese debido en algunos casos a que éstas últimas tenían un papel destacado en la activación de la sepultura simbólica de la iglesia, por lo que debían permanecer en ella. Pero también se constata la costumbre de que las mujeres más próximas al difunto no acudiesen ni siquiera a la iglesia.

Parece razonable pensar que muchos de los comportamientos sociales en lo referente a la asistencia al cementerio han dependido de la ubicación de éste respecto a la iglesia y han variado a medida que los camposantos han sido alejados hasta las afueras de los pueblos. Más adelante se comentarán las costumbres particulares registradas en varias localidades del País Vasco continental que tienen el cementerio junto a la iglesia y en otras navarras que lo tienen alejado y en las que la mayor parte de los asistentes se despedían del féretro en los límites del pueblo.

Antiguamente, en algunas localidades el cortejo fúnebre se dirigía directamente desde la casa mortuoria al cementerio para dar tierra al difunto y después o al día siguiente tenía lugar el funeral en la parroquia. En este sentido puede decirse que el entierro constaba de dos partes bien diferenciadas, como a veces también se hace hoy día. El acto de enterrar propiamente dicho por un lado y los funerales por el otro. Al cuerpo se le daba tierra en una ceremonia sencilla a la que acudían los parientes próximos y algunos vecinos o amigos, que tenía lugar transcurridas las horas legalmente establecidas desde que se producía el fallecimiento. Las exequias se celebraban al día o a los días siguientes, con asistencia de mayor número de familiares, vecinos y amigos.

Tiempo después se acostumbró, como consecuencia de la imposibilidad de introducir el cadáver en el recinto de la iglesia, dejar el féretro en el pórtico mientras en el interior del templo se celebraban las exequias y a continuación se procedía a enterrar el cadáver[1].

A partir de los años sesenta los dos actos, inhumación y funerales, se volvieron a fusionar y el cortejo iba desde la casa mortuoria a la iglesia donde tenía lugar el funeral de cuerpo presente tras el cual, la comitiva se dirigía de la iglesia al cementerio para darle tierra.

En la actualidad el sepelio se ha convertido en un acto social en el que desde luego está presente toda la familia, aún así también se registran casos en que sólo acuden al cementerio los familiares directos.

Asistentes de oficio

Ausencia de las mujeres

Presencia del duelo tras el sepelio

Cortejo hasta el limes

Cortejo directo al cementerio

Comitiva numerosa

El sepelio hoy


 
  1. Vide el capítulo Exequias.