Muros de piedra labrada

De Atlas Etnográfico de Vasconia
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La sillería representa la forma más costosa de construcción ya que labrar la piedra supone un gran esfuerzo en trabajo y por lo tanto en dinero. Pero a la vez la pared levantada con sillares es la que resulta más sólida. Por estas razones este tipo de muros se dan en edificios donde reine el afán de ostentación o de perdurabilidad. Además al ser tan cara sólo fue posible en tiempos pasados en que los salarios eran bajos.

Aún así en la mayor parte de las poblaciones se encuentra algún caso de este tipo de casas. Donde es más frecuente es en edificios públicos como las iglesias. En ocasiones también ocurre que el edificio particular sólo cuente con sillería en la fachada principal o en parte de ella.

Una particularidad se registra en el valle de Baztán donde la vivienda presenta sillería en la fachada principal y en parte de las laterales cuando lo corriente es que desaparezca al filo de las laterales ocupando sólo la fachada o parte de la misma. Es como si una semicasa de sillería se uniera a otra de mampostería[1].

Por lo tanto, los muros, al igual que otros elementos constructivos, han servido para marcar el estatus de la familia encargada de la edificación de la casa. En definitiva, la diferencia entre la mampostería y la sillería no sólo ha sido constructiva.

Palacio Garatikoa construido en sillería. Garai (B), 1975. Fuente: Archivo particular Íñigo Agirre.

En Aoiz (N) sobre los cimientos se disponen las paredes, que son de distintos materiales dependiendo del poder económico del dueño. Lo más habitual es que estén formadas por piedras de gran tamaño, de forma ovalada, como los cantos de río y no excesivamente redondeadas. Se denominan angorri por su color rojizo. En muchas casas, sobre todo en las más antiguas (siglos XV-XVIII), la fachada principal es de sillares de piedra muy bien labrados y regulares. En este caso no son de arenisca rojiza sino amarillentos o de piedra gris. Estas paredes, llamadas maestras, tienen un grosor que generalmente supera el medio metro.

En Artajona (N) existen varias casas antiguas de piedra de sillería pertenecientes a familias de abolengo. Pero son muchas más las que tienen sólo sillares en las esquinas, jambas y arcos o dinteles de las puertas y ventanas, con las paredes maestras de mampostería.

En Obanos (N) hay variedad en las paredes dependiendo de la antigüedad y de la categoría de las casas. El material utilizado preferentemente es el sillar y el sillarejo de arenisca. Era frecuente el uso de piedra, a veces buenos sillares, en la fachada principal hasta la altura correspondiente al primero o a los dos primeros pisos, levantando de ladrillo macizo el último.

En Lezaun (N) respecto al aglutinante y la piedra empleada hay que diferenciar entre los edificios construidos hasta principios del siglo XIX y los posteriores. Después de esa fecha la construcción baja de calidad notablemente ya que las casas nuevas son de gente de escaso poder económico. Si para el primer grupo el aglutinante empleado era una mezcla de arena y cal, en este otro caso se utiliza barro; la sillería además es prácticamente inexistente. Para las esquinas eligen piedras un poco más grandes que, en el mejor de los casos, llevan un ligero desbastado con el puntero.

En Romanzado y Urraúl Bajo (N) las casas son generalmente de mampostería, aunque hay algunas construcciones hechas con sillares bien trabajados. En general, aun en las viviendas modestas, se ponía gran esmero en la ejecución de puertas y ventanas. Con frecuencia se ven fachadas en las que la puerta y la ventana que se sitúa encima, presentan una esmerada y bella construcción, con piedras finamente labradas, así como las demás ventanas, siendo el resto de la pared de mampostería, hecho que produce un extraño efecto y más hoy en día, que con el transcurso de los siglos esas porciones de fachada más finas han resistido mejor la acción del tiempo. La explicación radica en que todos los pueblos tienen cerca canteras de piedra corriente, pero las piedras de mejor calidad había que traerlas de lejos, lo que encarecía mucho la construcción.

En Eugi (N) en algunos casos se recurre al sillarejo, que queda a la vista, y en las casas palacianas a la piedra sillar. Pero lo normal es que los paramentos se realicen con mampostería, si bien con las esquinas de la casa, así como los huecos, de piedra labrada.

En Moreda (A) las casas buenas o señoriales llevan siempre piedra de sillería obtenida en las canteras municipales y en su defecto buena mampostería. Las piedras sillares se colocaban en los esquinales, cabezales de las puertas y alféizares de las ventanas.

En Luzaide/Valcarlos (N) la fachada es lisa y blanca, sin ninguna ornamentación. Solamente en casas de las familias más distinguidas en su tiempo aparece en la fachada la piedra labrada. Pero en ningún caso llega a cubrir todo el lienzo de pared.

A veces el ladrillo juega un papel importante, sobre todo en la parte más meridional de Vasconia.

En Sangüesa (N) las paredes de las fachadas principales de las casas señoriales fueron realizadas con piedra sillar de aparejo regular hasta el primer piso, rematado en una cornisa saliente. El resto del edificio es de ladrillo. Las fachadas secundarias o son totalmente de ladrillo o de piedra enripiada y en muchas ocasiones de adobes reforzados con pequeños ruejos. Las fachadas de otras casas menos pudientes están levantadas con piedras desiguales de sillarejo que, a veces, han recibido un revoque y no es raro que en los muros secundarios empleen el adobe con cadenas de ladrillo y entramado de madera. Las mejores piedras se utilizan en las esquinas y en los marcos de ventanas y balcones.

En Murchante (N) los ladrillos eran macizos. Además de utilizarse para los tabiques, se usaron caravista en la construcción de las casas más importantes, dándoles un aspecto característico. El uso de la piedra se redujo al revestimiento del zócalo de ladrillo o como mampostería de alguna casa de labranza. En el anterior caso se trató de una piedra sillar de escaso grosor.


 
  1. Leoncio URABAYEN. La casa navarra. De arquitectura popular. Madrid: 1929, pp. 99, 100 y 103.