Ofrendas en la iglesia

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En Salvatierra (A) se celebraban las misas por la mañana con el horario normal pero en la misa mayor así como en las vísperas, que se oficiaban en las dos parroquias, las familias que tenían sepultura llevaban pan y candeleros para dos o más velas además de la cerilla, que de ordinario permanecía a la cabecera de la misma. Después de la consagración el sacristán recogía los panes de las sepulturas y los llevaba en el cesto a la sacristía.

Por la tarde se celebraban las vísperas: a las dos y media cantaban las vísperas en el coro y acto seguido descendían los curas, el organista y los cantores al presbiterio; mientras, el sacristán colocaba frente a las gradas del altar y centrada, una mesa negra con frontal y laterales negros cubierta con mantel blanco y encima dos candeleros con velas encendidas, una calavera y dos tibias humanas.

Los curas -el preste de capa y los demás con sobrepelliz- se sentaban acompañados de los cantores en el lado de la Epístola y cantaban el oficio de difuntos. A continuación se rezaba el rosario desde el púlpito. Una vez finalizado, el sacerdote que presidía se retiraba a la sacristía y se revestía de alba, estola y capa negra, y el acompañante con sobrepelliz. Los monaguillos iban vestidos con sotana negra y roquete blanco. Estos iniciaban la procesión llevando la cruz parroquial mayor y los ciriales; seguían los niños del «reo» a ambos lados y a continuación los cantores y el clero. La procesión discurría por las naves laterales y se hacían cuatro estaciones en las que se cantaba el responsorio Libera me, finalizando el rezo con la participación de los asistentes, que permanecían en su sitio. Las paradas se realizaban dos en las naves laterales, otra bajo el coro y la última ante el catafalco sobre el que estaban los atributos de la muerte. Ese día los fieles recibían mayoritariamente la comunión y ganaban las indulgencias plenarias para los difuntos.

En Aramaio (A), el día de Todos los Santos, Domu Santu, se adornaban las sepulturas de la iglesia colocando dos paños almidonados. Sobre éstos se ponían las candelas y se echaban los «responsos». Esta costumbre desapareció en la parroquia de Azkoaga en 1965. Además en cada sepultura se ponían panes, olatiak. Los que vivían en el núcleo en Ibarra lo compraban en la panadería para Todos los Santos. Estos dejaron de llevar la oblada en la postguerra. En los caseríos se mantuvo vigente la costumbre hasta que se dejó de sembrar trigo, hacia 1960 aproximadamente.

En Aramaio recuerdan una canción que hace referencia al pan ofrendado en esta festividad:

Bihar Domu Santu
umie zuluen sartu
ama negarrez
aita dolorez
abadie kantetan
olatien pozez
(Mañana [es] Todos los Santos / al niño le dan tierra / la madre llorando / el padre penando / el cura cantando / por el gozo de la oblada).

En Murelaga (B) el día de Todos los Santos, Domuru Santuru, durante la misa mayor todas las familias activaban la sepultura de su caserío como si estuviesen de luto, colocando en ella un paño negro de duelo y tres o cuatro velas, kandelak. Antaño también se ofrendaba pan. Tras la misa los sacerdotes iban de una a otra sepultura rezando una serie interminable de oraciones, erresponsuek. Asimismo ese día muchos grupos domésticos encargaban misas solemnes, arimen onrak, y misas ordinarias por sus obligaciones[1].

En Sangüesa (N) hasta 1950 aproximadamente, en la misa mayor de esta festividad se encendían candelas y se ponía pan para todos los fallecidos en el año; al finalizar la misa se rezaba un responso por cada difunto.

En Obanos (N), el día de Todos los Santos las mujeres de cada familia acudían a su fuesa con velas y algunas con tortas de pan o robos de trigo además de las velas. El año 1944 pusieron bancos en toda la iglesia por lo que desde este año hasta 1973, en que se abandonó la costumbre, el día antes señalado era necesario desplazar los bancos al fondo de la iglesia dejando libres las ranuras del suelo donde se marcaban las filas de fuesas que copiaban la disposición que éstas tuvieron en la vieja iglesia parroquial.

En Moreda (A) era tradición llevar a la sepultura unos cestaños de mimbre con cierta cantidad de trigo o cebada e hincar las velas sobre el cereal. Este quedaba en la iglesia y el cura lo vendía.

En Lezaun (N) el día de Todos los Santos, algunas mujeres llevaban a la iglesia la ofrenda consistente en un pan, las más pudientes presentaban dos. Estos panes se colocaban en el altar para que el sacerdote los bendijera.

En Olaeta-Aramaio (A) se llevaban a la iglesia unos panecillos, olatak, de forma triangular amasados de víspera o unos días antes. Se depositaban en la sepultura hasta el ofertorio de la misa mayor[2].

En Lagrán (A) las familias llevaban a la misa mayor tortas pequeñas u hortejos, por lo menos dos y hasta seis. Por la tarde, después del rosario, el sacristán tocaba las campanas a intervalos de una hora. Este toque se denominaba de «ánimas» y se hacía sonar hasta las once de la noche. El ayuntamiento le recompensaba por esta labor con una cuartilla de vino[3].

En Zerain (G) ofrecían pan todas las familias, incluidas las oriundas de la localidad que vivían fuera. Llevaban a la iglesia 6 ó 10 olatak y además se establecía entre las mismas un intercambio de ofrendas, artu-emanekoak.

Luces en la sepultura. Zerain (G), 1972. Fuente: Karmele Goñi, Grupos Etniker Euskalerria.

En Bernedo (A), en la festividad de Todos los Santos, cada familia llevaba tres tortas a ofrendar a la iglesia por los difuntos. También se ofrendaba pan en Pipaón (A), Lezama (B), Andoain, Telleriarte-Legazpia (G) y Eugi (N).

En Alboniga (Bermeo-B) estuvo en uso la ofrenda de las olatak hasta 1930 aproximadamente. El número de ellas variaba según las posibilidades económicas de la familia. Cada una llevaba las suyas a la iglesia para depositarlas en la propia sepultura y en la de aquéllos con los que se tenía obligación. En determinados días se solía instalar una sepultura colectiva en mitad del pasillo del templo recordando a los difuntos en general. En ésta también se depositaban olatak, pero no en la que se montaba el día de la fiesta patronal (Andra Mari) en que únicamente se colocaba el catafalco central.

En la villa de Bermeo el día de Todos los Santos, y también el de Animas, los allegados depositaban limosnas sobre el mantel colocado en la sepultura y los sacerdotes rezaban responsos ante cada una de ellas.

En Allo (N) se celebraba en la parroquia doble función de vísperas, cantándose la de difuntos después de la del día. A su término los sacerdotes bajaban del coro y precedidos por la cruz parroquial subían en lenta procesión hasta el presbiterio, cantando cinco responsos en el trayecto. Durante las primeras décadas del presente siglo las familias llevaban a la hora de vísperas un óbolo voluntario en forma de trigo y lo depositaban a la puerta del templo formando un montón.

En Carranza (B), antaño, el día de Todos los Santos por la mañana se llevaba a la iglesia un número extraordinario de velas y de cera tirada que se colocaban encendidas en cada sepultura. Por la tarde, a la hora del rosario, se volvían a encender[4].

En Elosua (G) este día se llevaban candelabros con velas a la sepultura de la iglesia y permanecían durante todo el mes de noviembre. Los hijos e hijas casados fuera del domicilio aportaban cerilla a la sepultura de la casa paterna en recuerdo de todos los difuntos de la misma. Tras concluir la misa mayor el sacerdote rezaba los responsos en cada sepultura. No se celebraba banquete en casa, pero si acudían los hijos. La comida solía ser un poco mejor.

En Donibane-Lohizune (L), tras las vísperas del día de Todos los Santos se hacían las vísperas de difuntos. Entonces todas las sepulturas de la iglesia se cubrían de un paño negro sobre el que se posaba un gran candelabro de madera negra con un cirio encendido. El sacerdote se acercaba a recitar una oración sepultura por sepultura.

En San Martín de Unx (N) se celebraba misa solemne en la que se recordaba a los difuntos durante la que se iluminaban las sepulturas de cada casa con añales y cestillos. Muchos de estos ritos ya no se practican pero fueron seguidos tradicionalmente desde antiguo hasta la renovación de la liturgia a raíz del Concilio Vaticano II.

El primero de noviembre se conoce en Aria (N) como día de Todos los Santos o Dominu Sandorio. Era costumbre acudir a la iglesia a la sepultura familiar y rezar sobre ella; las mujeres de la casa solían llevar la cesta funeraria, txestua.

En Artajona (N), el día de Todos los Santos por la tarde, se encendían las ceras de las fuesas, teniéndolas así hasta que tocaba el turno de los responsos. En los mismos participaban todos los curas de la parroquia, cada uno con dos monaguillos, uno que portaba la cruz y el otro un platillo. El cura los canturreaba y los monaguillos respondían en latín[5].

En Monreal (N) el día de Todos los Santos se celebraba una misa por la mañana y se decía un responso general por los difuntos. Por la tarde no había rosario sino que se cantaban vísperas de difuntos. Se preparaba el túmbano en el centro de la iglesia y cada familia ponía alrededor de él un candelabro con una vela encendida. Después el párroco rezaba un responso general y posteriormente continuaba con más responsos fuesa por fuesa. Al finalizar este acto se volvía a rezar un responso general, se tañía la campana grande a oración: tres sones distanciados, después veinte seguidos y nuevamente tres distanciados, y por último se tocaba a muerto.

Estos ritos han perdurado en Monreal hasta finales de los años cincuenta y principios de los sesenta. Por la tarde se preparaba el túmbano con velas encendidas, se rezaba el rosario y después, junto al túmbano, se decía un responso general. Los que querían responsos particulares por sus difuntos se colocaban en fila, besaban la estola del sacerdote y echaban el donativo. Antes de 1984 se acostumbraba rezar un responso por los muertos en la guerra civil en la Tejería, paraje donde se enterraron presos fusilados de la cárcel de Tafalla. Al mismo solían acudir los maestros con los niños de la escuela.

En Galarreta (A), el día 1 de noviembre por la tarde en que comienza la celebración de difuntos, tras rezar el cura las vísperas descendía bajo el coro, donde se hallaba instalada una mesa con un tapete negro adornado en las cuatro esquinas con figuras de calaveras humanas. Sobre la mesa se colocaban cuatro candeleros, un crucifijo y en el centro un hueso del brazo y otro de la pierna de un esqueleto humano formando una cruz con una calavera encima. Allí se cantaba un responso, tras lo cual el cura pasaba por las sepulturas rezando responsos. Seguidamente se rezaba un rosario, concluyendo así la función[6].

En Aoiz (N) después del rosario de la tarde se rezaban los responsos en cada una de las sepulturas. Había por entonces y hasta la década de los setenta tres sacerdotes en el pueblo y los tres realizaban esta labor: uno comenzaba desde el altar, otro desde el coro y el tercero en la zona central. El responso era cantado y le seguía el Pater, que rezaban los dueños de la fosa. Esto provocaba una enorme algarabía ya que los sacerdotes no cantaban a la vez. Se rezaba siguiendo el orden de las sepulturas y el cura llevaba en una mano el hisopo y en la otra el bonete. En éste se echaba el dinero después de solicitar el número de responsos deseados, la cantidad variaba en función del número demandado. El cura los rezaba uno por uno hasta completar la cantidad pedida. Había familias con una situación económica más desahogada que solicitaban un número elevado lo que provocaba que los asistentes a la iglesia se impacientasen y muchas veces, especialmente los más jóvenes, saliesen al exterior a pasear por la carretera. En las fosas se colocaban las cerillas. Esta práctica desapareció hacia 1963 cuando, debido a unas obras de remodelación, se eliminaron las sepulturas. También contribuyó a su abandono la presencia de sacerdotes más jóvenes a los que no agradaba esta costumbre ya que los hacía sentirse como unos «peseteros».


 
  1. William A. DOUGLASS. Muerte en Murélaga. Barcelona, 1973, pp. 85-86.
  2. AEF, II (1922) p. 97.
  3. Gerardo LOPEZ DE GUEREÑU. “Muerte, entierro y funerales en algunos lugares de Alava” in BISS, XXII (1978) p. 214.
  4. Nicolás VICARIO DE LA PEÑA. El Noble y Leal Valle de Carranza. Bilbao, 1975, p. 306.
  5. José María JIMENO JURIO. “Estudio del grupo doméstico de Artajona” in CEEN, II (1970) pp. 357-358.
  6. AEF, III (1923) pp. 60-61.