Diferencia entre revisiones de «Preambulo Ritos del nacimiento al matrimonio en vasconia»

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Los efectos jurídicos de la nueva sociedad conyugal se expresan en el acta que firman los contrayentes juntamente con el sacerdote y los testigos. Actualmente este documento se firma sobre la mesa del altar, antaño en la sacristía.
 
Los efectos jurídicos de la nueva sociedad conyugal se expresan en el acta que firman los contrayentes juntamente con el sacerdote y los testigos. Actualmente este documento se firma sobre la mesa del altar, antaño en la sacristía.
  
[[File:6.2_Un_mariage_au_village_representation_folklorisante_du_mariage_paysan_breton_Lithographie_de_Gangel_a_Metz_XIXe_siecle_Musee_des_arts_et_traditions_populaires_Paris.png|frame|''Un mariage au village'' (réprésentation folklorisante du mariage paysan breton). Lithographie de Gangel à Metz, XIX<sup>e</sup> siecle. Musée des arts e t traditio ns populaires. Paris.]]
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La salida del templo de los nuevos esposos es objeto de gran expectación y es recibida con aclamaciones, felicitaciones y, en casos, con bailes de honor y disparo de cohetes. En los últimos años se ha introducido la molesta cos­tumbre de lanzar puñados de arroz sobre ellos.
 
La salida del templo de los nuevos esposos es objeto de gran expectación y es recibida con aclamaciones, felicitaciones y, en casos, con bailes de honor y disparo de cohetes. En los últimos años se ha introducido la molesta cos­tumbre de lanzar puñados de arroz sobre ellos.

Revisión del 11:00 11 dic 2017

El cuestionario general que sirve de base para la elaboración de este Atlas Etnográfico ubica los ritos de pasaje dentro del apartado dedicado a los usos del grupo doméstico. Es por tanto en el contexto de la comunidad doméstica y en el círculo de la vecindad donde se estudian estos ritos que tienen lugar en la primera etapa de la existencia. Siguiendo la división ternaria de la vida, hoy tan al uso, estos ritos se encuadrarían dentro de la primera edad; dentro del periodo ascen­dente que culmina con aquello que en otros tiempos se llamaba "tomar estado de vida".

A primeros de este siglo el etnólogo francés Arnold Van Gennep acuñó el término rites de passage para designar aquellas ceremonias que se emplazan en la transición de una categoría de edad a otra, de un estado a otro. La expre­sión ritos de pasaje o ritos de paso se adjudica también a los que tienen lugar en los cambios estacionales dentro del año o a las ceremonias mediante las que se significa el acceso a un nuevo estatus social, político o religioso.

En nuestro caso hemos estudiado aquellos ritos que jalonan las transiciones de las diver­sas categorías de edad. Estos se nos presentan escalonados completando su secuencia el proceso de la vida hasta la madurez: infancia, niñez, adolescencia, juventud, noviazgo y matrimonio.

Nacimiento y bautismo

Hasta mediados de siglo las mujeres parían en casa con ayuda de la partera, de las mujeres de la familia y de las vecinas. El parto, erditzea, era por tanto un acontecimiento doméstico en el que intervenían exclusivamente perso­nas del sexo femenino.

A lo largo del siglo se ha asistido a una importante transformación en lo que se refie­re a las personas que ayudaban a nacer a una criatura. La tradicional partera, emagina, que actuaba según sus conocimientos empíricos —enfajaba al nacer y amortajaba al morir— ha sido paulatinamente sustituida por profesio­nales especializados en estas tareas que asisten a la madre en centros sanitarios.

Los niños eran bautizados en tiempos pasa­dos al poco de nacer y, en casos, el mismo día de su nacimiento. Esta práctica religiosa res­ponde a la creencia comúnmente aceptada en Vasconia de que mediante el bautismo la cria­tura se hace cristiana y queda limpia del pecado original. El bautismo en su puesta en acto aparece estrechamente vinculado al nacimien­to; era la propia partera la que en numerosos lugares vestía a la criatura para el bautismo cubriéndole con una prenda ritual blanca lla­mada en Navarra "el faldón de cristianar". Ella misma le llevaba en brazos hasta la fuente bau­tismal, Montea. Tal y como se recoge en la loca­lidad vizcaina de Carranza esta función corres­pondía a aquélla que "lo había cogido" al venir al mundo.

Este nuevo nacimiento en las aguas bautis­males conlleva también una especial protec­ción personal mediante los padrinos de pila, denominados en euskera aita pontekoa y ama pontekoa, padres de fuente bautismal. Su res­ponsabilidad más significativa en el rito sacra­mental era la expresión de la fe mediante la correcta recitación del Credo.

El papel del padrino o de la madrina fue antaño muy importante. Así lo denota su dere­cho a elegir el nombre para el ahijado o la ahi­jada, besoetakoa.

Durante siglos ha sido el calendario cristia­no con el santo del día, eguneko izena, la prin­cipal fuente de inspiración de los nombres. Esta práctica se mantuvo hasta el primer cuar­to del siglo XX e incluso hasta fechas más recientes.

Tanto el nacimiento como el bautismo eran acontecimientos cuya resonancia festiva se cir­cunscribía al ámbito doméstico; si bien eran los niños del vecindario quienes con más entu­siasmo celebraban este acontecimiento espe­rando a la salida del templo a que los genero­sos padrinos les arrojaran frutos secos, dulces y monedas, arrebuchas, boloak.

En la sociedad tradicional el nuevo naci­miento se celebraba, más que el día del bau­tismo, al finalizar el puerperio de la madre. Esta debía permanecer recluida, sin salir de casa, durante un periodo que concluía con el rito de entrada en la iglesia, elizan sartzea. Paralelamente tenía lugar en la casa un ágape festivo, martopilak, con el que la parida solía corresponder a las mujeres que le habían ayu­dado en el parto y a las que le habían visitado en el sobreparto llevándole obsequios, ermake­riak.

Numerosas creencias relacionadas con el nacimiento dan a entender la inquietud y las precauciones con que se esperaba este aconte­cimiento: había que satisfacer los deseos de la gestante y estar atentos a la aparición de seña­les en su rostro. La forma del vientre de la madre venía a indicar el sexo que tendría la nueva criatura y para adivinarlo se recurría a las fases lunares. Para lograr un parto feliz se solicitaba la mediación de los santos, entre los que tuvo gran predicamento San Ramón Nonato cuya imagen fue estampa de cama en muchas casas. También se practicaron preven­ciones ante-bautismales como no besar al recién nacido hasta que no hubiera recibido las aguas bautismales y, sobre todo, colocarle pequeños amuletos, kutunak, o símbolos reli­giosos para protegerle de los peligros.

Infancia

Durante la primera infancia el niño perma­nece unido a la madre; es el niño de mantas, haur besoetakoa, al que alimenta dándole pecho, bularra eman. El periodo de la lactancia solía durar tradicionalmente hasta los dos años y podía alargarse más en la creencia de que esta prestación maternal impedía un nuevo embarazo.

Con el fin de aliviar la carga de la crianza cooperan con la madre las otras mujeres de la familia y, frecuentemente, una niñera jovenci­ta, seintzaina, venida de la vecindad que se ini­ciaba así en las tareas propias de la mujer. Las casas adineradas tenían criadas y añas de ofi­cio.

Será la primera dentición, lehenengo txantxu­rrak, la que marcará la transición hacia una nueva etapa. Cambiarán los hábitos alimenta­rios del niño y comenzarán sus iniciaciones en el andar, en el hablar. Sus primeros pasos autó­nomos así como la articulación de sus prime­ras palabras serán motivo de fiesta y de alegría en casa; todas las iniciaciones y progresos del niño obligan a jugar a sus cuidadores y esta etapa continuará en tanto le duren los dientes de leche.

Archivo:6.1 Ceremonie des relevailles Toile de Enrique Melida 1872 Musee Bonnat Bayonne.png
Cérémonie des relevailles. Toile de Enrique Mélida, 1872. Musée Bonnat. Bayonne. Fuente: Musée Bonnat. Bayonne.

La caída de éstos tendrá lugar a los seis o siete años y marca el inicio de una nueva cate­goría de edad que se conoció como la del "uso de razón"; la actividad propia de esta etapa será el juego socializado. Era a partir de esa edad cuando se imponía de modo natural la separación de sexos en la mayoría de los jue­gos. La actividad lúdica se complementa con una actividad escolar que en el transcurso de los años vino a ser gradualmente más intensa.

En este momento de la niñez se ha situado desde primeros de siglo la Primera Comu­nión, Lehenengo Jaunartzea, que en épocas an­teriores se había enclavado a los doce o trece años de edad, al finalizar el periodo de la niñez.

La indumentaria para acceder a este rito ha tenido características oscilantes. Desde la ter­cera década del siglo se fueron generalizando en las niñas vestidos y velos blancos largos, a manera de novias y flamantes trajes de mari­neros o almirantes en los niños. En los años sesenta y setenta las autoridades parroquiales trataron de poner freno a lo que se interpre­taba como un dispendio en el vestir; se comen­zó a hacer la primera comunión con túnicas iguales para todos o con ropa de calle. La experiencia tuvo poco éxito; han vuelto los trajes blancos o cada familia actúa con plena libertad.

Desde tiempos antiguos y hasta los años setenta la Confirmación, Sendotza, se recibía a edad indeterminada. Por tratarse de un sacra­mento cuya impartición estaba reservada al obispo, éste lo administraba cuando acudía a la localidad en visita pastoral, acontecimiento que ocurría muy espaciadamente. Nuestras encuestas recogen este acto cuando todavía concentraba a niños y a jóvenes, a recién naci­dos y a adultos.

Tras el Concilio Vaticano II se ha querido imprimir otro carácter a la Confirmación, estableciéndose como edad idónea para reci­birla los dieciséis-dieciocho años y exigiéndose una preparación previa, seria y prolongada. Esto hace que el número de confirmandos sea mucho menor que el de los bautizados y que el de los niños que acceden a la primera comunión. Si la actual práctica se consolida la Confirmación adquirirá socialmente la significación de un rito implantado en el paso de la adolescencia a la juventud.

Juventud

La adolescencia viene marcada por el aban­dono gradual de los juegos infantiles y el paso a la edad juvenil que se alcanza plenamente a los dieciséis o diecisiete años de edad. En esta categoría de edad permanecerán en tanto no "tomen estado".

La transición a la edad juvenil comportaba antaño cambios en la indumentaria y en el tocado. Hasta la mitad de la centuria, a esa edad, los muchachos se ponían pantalón largo y las muchachas abandonaban sus trenzas infantiles para lucir melena. En las clases bur­guesas la "puesta de largo" de la hija era obje­to de una fiesta social.

Ya mozos, los chicos abandonaban la escue­la y se incorporaban al mundo del trabajo como aprendices de un oficio o como criados. Las muchachas aprendían las tareas domésti­cas. A partir de la década de los años sesenta el tiempo dedicado a los aprendizajes y a los estudios se ha prolongado de manera general tanto en chicos como en chicas; por ello actualmente los años que completan la edad juvenil coinciden con los dedicados al estudio de carreras y profesiones.

En la zona mediterránea de la Vasconia los jóvenes se han asociado tradicionalmente en mocerías locales que pautaban las actividades propias de su edad. Su principal ámbito de actuación era la organización del baile y la preparación de las fiestas del pueblo. Las pos­tulaciones y los festejos de la mocería se exten­dían a lo largo del año pero sobresalían en San Juan de junio y en Santa Agueda, a quien veneraban como patrona. También en el campo religioso tuvo arraigo el asociacionis­mo entre los jóvenes. Las jóvenes pertenecían mayoritariamente a la congregación de "las Hijas de María" y los chicos a la de "los Luises" donde permanecían hasta casarse.

Mediada la edad juvenil, los mozos se veían obligados a cumplir el servicio militar, solda­dutza, ausentándose de su entorno natural durante un largo periodo de tiempo, lo que marcaba una nueva etapa en su vida.

La sociedad juvenil se caracteriza por la iniciación en la relación amorosa: las rondas y los galanteos, las fiestas y el baile van a ser ocasio­nes de encuentro para jóvenes de ambos sexos.

En las primeras décadas del siglo, las activi­dades de la vida diaria, las tareas colectivas y la conclusión de los trabajos estacionales ofrecí­an algunas oportunidades de encuentro entre jóvenes; también la salida de las funciones reli­giosas era punto de reunión. Pero el lugar más importante para que se vieran y se relaciona­ran entre ellos era el baile dominical que se convertía así en el momento más apropiado para el galanteo. Allá acudían los jóvenes ves­tidos elegantemente al igual que a las fiestas de otros pueblos y a las romerías.

Desde mediados de siglo estas circunstancias se han ido modificando y las posibilidades de encuentro entre chicos y chicas se han incre­mentado. Los centros de estudio mixtos y la incorporación de la mujer al trabajo asalaria­do facilita en gran medida la relación entre jóvenes de ambos sexos. El baile siguió siendo el lugar de reunión más frecuente, pero la mayor disponibilidad de tiempo libre ha incrementado el ocio compartido.

Los bares y las discotecas son hoy en día los puntos de confluencia de jóvenes. Sin embar­go se ha producido una marcada traslación en el horario: se ha ido de la tarde-noche de tiem­pos pasados a la noche-madrugada. En los fines de semana se prolonga frecuentemente la fiesta nocturna hasta bien entrado el día siguiente. La noche dedicada a la diversión recibe el nombre de gaupasa.

Noviazgo

En tiempos pasados las ocasiones de encuen­tro entre chicos y chicas eran el paseo domini­cal, el baile y las romerías. La oportunidad de que una pareja estuviera sola era escasa. Hoy día la iniciativa para principiar una relación puede partir tanto del chico como de la chica; antaño el primer paso lo daba siempre el chico bien directamente o bien recurriendo a cir­cunloquios que incluían a veces insinuaciones sobre el interés en conocer las habilidades culi­narias de ella. También se recurría en casos a los buenos oficios de un amigo, de un familiar o de un "profesional", ezkontzagina, que facilitaba este tipo de encuentros. Desde el momen­to en que una pareja empezaba a "salir sola" la relación entre ellos se daba por formalizada ante sus familias y la vecindad. De ordinario esta relación culminaba en casamiento, siendo excepcional la ruptura de relaciones.

Debido al mayor aislamiento de las pobla­ciones y a la escasa movilidad de sus morado­res fueron más frecuentes que hoy los enlaces entre jóvenes vecinos del mismo pueblo o de localidades próximas.

La fijación de la fecha en que iban a hacerse las proclamas o amonestaciones en las respec­tivas parroquias de los novios —lo que en Alava se conoce como "echar del púlpito"—, señalaba que la boda era inminente. El tiempo que duraba el periodo de proclamas, deiune aldia, estaba dedicado por ambas familias a los pre­parativos de boda.

En Navarra y Alava, coincidiendo con las lec­turas de la segunda o de la tercera proclama, parientes y vecinos visitaban las casas de los novios para felicitarles; era "el día de la enho­rabuena". Costumbre probablemente más antigua es esta otra recogida en Gipuzkoa y Bizkaia; cuando el novio entraba por vez pri­mera en casa de la novia obsequiaba a los familiares de ésta con una bota de vino; se conocía este día como bota-eguna (expresión que tal vez enmascare la procedencia latina del vocablo votum, significando "día de la pro­mesa").

En todo el territorio de Vasconia ha estado extendido el uso de que las familias estrecha­ran lazos en el periodo anterior al casamiento de sus hijos, bien fuera con motivo de la pedi­da de mano, del ajuste de las condiciones del contrato matrimonial o del intercambio de regalos. Este mejor conocimiento mutuo era exigido ya que por el nuevo enlace matrimo­nial iban a emparentar entre sí.

El novio (más tardíamente comenzó a hacer lo mismo la novia), se despedía formalmente de sus amigos de juventud en una comida; el acto simbolizaba su abandono del estatus de soltero. Los amigos por su parte acostumbra­ban cantar ante las casas de los novios coplas epitalámicas que en euskera se denominan toberak. Más extendidas y conocidas, sin duda, son aquellas coplas que se cantaban a los sol­terones y viudos en vísperas de su boda. Pero las letras dedicadas a los jóvenes novios eran de contenido amatorio en tanto que las otras ironizaban sobre su condición de novios tardí­os y sobre su casamiento fuera de tiempo.

En el régimen tradicional, cuando el hijo, de uno u otro sexo, que se iba a casar estaba destinado a ponerse al frente de la casa, etxe­rakoa, los padres de ambos novios, de acuerdo con ellos, convenían las respectivas aportacio­nes al nuevo matrimonio. Amén de otras con­diciones que aseguraran la continuidad de la casa y sus obligaciones para con todos los vin­culados a ella, acordaban los pactos que regi­rían su vida en común y el modelo de cohabi­tación entre los matrimonios joven y viejo. Estos acuerdos han tenido importancia pri­mordial en territorio aforado; se formalizan ante fedatario público y reciben distintas denominaciones según regiones: capitulacio­nes matrimoniales, mandas, ezkontzako kontra­tua, contrat de mariage. Su firma revestía cierta solemnidad y se rubricaba a menudo con una comida, kontratuko bazkaria, en la que tomaban parte los familiares de ambas partes. El cónyu­ge adventicio aportaba la dote, ezkonsaria, y en el caso de ser mujer también el ajuar que, a indicación y con supervisión de la madre, la joven había comenzado a componer y reunir desde que era muchacha.

No eran insólitos los casos en que los padres "arreglasen" el matrimonio de sus hijos sin que la pareja se conociera; luego de conveni­do el casamiento ambas familias se reunían en una acto que en Navarra y Alava se denomina "ir a vistas".

Salvo entre familias pudientes, antaño era una costumbre desconocida el regalo de pedi­da, el anillo, sortija o presente de cierto valor, urreria, que se intercambian los novios. No obstante fue costumbre que la novia regalara al novio una prenda de significación simbólica como la camisa que luciría éste el día de la boda. En los días previos al casamiento, la novia, acompañada de su madre o de alguna mujer de la familia acudía a los comercios de la capital para adquirir las prendas y joyas, galak, que luciría en la ceremonia nupcial.

Matrimonio y boda

La boda incluye dos actos: la ceremonia de casamiento, ezkontza, y la fiesta posterior con la que se solemniza, ezteiak. El primero de los actos carecía antaño del relieve que tiene actualmente. El casamiento tenía lugar en la iglesia en una jornada laborable con pocos invitados y sin que apenas se interrumpiera la actividad laboral. El banquete habido el mismo día del matrimonio o en días posteriores celebraba principalmente la entrada del cónyuge adventicio en el nuevo hogar y la toma de posesión de su condición de nueva ama de casa, etxekoandre berria.

No ha habido épocas del año preferidas para casarse, salvo las que venían impuestas por el modo de vida y los periodos de trabajo; se evitaban la Cuaresma y el Adviento porque en esos tiempos la Iglesia no permitía las vela­ciones ni las solemnidades nupciales. Si bien no eran necesarias para el matrimonio ni la misa ni el rito de la velación la gente se atenía generalmente al uso eclesiástico.

El casamiento era sobre todo una cosa de jóvenes; ellos formaban el cortejo nupcial que se desplazaba a pie hasta la iglesia, acompa­ñando a los novios con música, cohetes y algarabía. Mozas eran quienes engalanaban el templo, y amigos y amigas de los desposados cantaban para dar brillantez al acto. Jóvenes amigos de los contrayentes, ezkonlagunak, eran también quienes actuaban de testigos, lekuko­ak, y firmaban el acta matrimonial. Es la juven­tud la edad para matrimoniar.

Con el transcurso del tiempo a este grupo juvenil que formaba el cortejo nupcial se fue­ron adhiriendo otros estamentos. Primera­mente el grupo doméstico que paulatinamente se fue ampliando a familiares más alejados. Luego se impuso el uso de los padrinos que al principio eran los del bautismo; después éstos cedieron su lugar a los padres de los contrayen­tes. El número de los invitados se ha incremen­tado considerablemente aunque los jóvenes sigan desempeñando un papel nada desdeña­ble en el acto religioso y posterior celebración.

La mañana del casamiento los invitados acu­dían a la casa desde donde se disponían a par­tir a la iglesia y eran obsequiados con un refri­gerio, barauskarria. Coexistieron dos formas de cortejo nupcial para acudir a la iglesia. En una, sendas comitivas salían de las casas del novio y de la novia y se juntaban en un lugar determinado del recorrido o en el mismo pór­tico de la iglesia. En la otra, se formaba una comitiva única desde la casa de la novia. En ambos casos el recorrido se hacía antaño por el camino habitual que unía la casa con la igle­sia, elizabidea. En algunas localidades si las casas de ambas familias se hallaban distantes, el novio enviaba dos jóvenes, amigos o fami­liares, como mensajeros a casa de la novia. El orden del desfile estaba ritualizado.

Hoy día los invitados acuden directamente al templo a pie o en vehículo y a la hora convenida esperan la llegada de los novios que se trasladan en sendos automóviles. En Vasconia continental la comitiva antes de presentarse en la iglesia pasa primero por la alcaldía, Herriko Etxea.

También la indumentaria de los novios ha sufrido cambios en el presente siglo aunque los trajes nupciales tuvieron siempre la consi­deración de atuendos de gala. Hasta mediados de la centuria la novia vestía de negro o de oscuro con misal y rosario como complemen­tos. A partir de esa fecha se generalizó el vesti­do blanco y el ramo de flores. También el traje negro del novio ha ido derivando hacia colo­res menos oscuros.

En Vasconia peninsular la celebración reli­giosa se ajustaba a las ceremonias preceptua­das por el Manual Toledano en tanto que en Vasconia continental se atenía a lo indicado en el Ritual Romano. El otorgamiento del consentimiento y la bendición de arras y ani­llos, diruak eta eraztunak, tenían lugar antaño ante las puertas de la iglesia, lugar destinado a las promesas y a los juramentos sagrados. A partir de los años cincuenta la ceremonia comenzó a celebrarse en el interior del tem­plo, al pie del altar mayor. Durante la misa los nuevos esposos eran cubiertos con el velo nup­cial que se imponía sobre la cabeza de la novia y los hombros del novio. La gente siempre interpretó este rito como un enyugamiento, uztartu. En el rito actual del matrimonio, que tiene lugar generalmente dentro de la misa, cobra mayor relevancia la manifestación del consentimiento mutuo de los contrayentes.

Los efectos jurídicos de la nueva sociedad conyugal se expresan en el acta que firman los contrayentes juntamente con el sacerdote y los testigos. Actualmente este documento se firma sobre la mesa del altar, antaño en la sacristía.

Archivo:6.2 Un mariage au village representation folklorisante du mariage paysan breton Lithographie de Gangel a Metz XIXe siecle Musee des arts et traditions populaires Paris.png
Un mariage au village (réprésentation folklorisante du mariage paysan breton). Lithographie de Gangel à Metz, XIXe siècle. Musée des arts et traditions populaires. Paris. Fuente: Segalen, Martine. Amours et mariages de l'ancienne France. París, Berger-Levrault, 1981.

La salida del templo de los nuevos esposos es objeto de gran expectación y es recibida con aclamaciones, felicitaciones y, en casos, con bailes de honor y disparo de cohetes. En los últimos años se ha introducido la molesta cos­tumbre de lanzar puñados de arroz sobre ellos.

El casamiento civil se desarrolla en el edifi­cio del Ayuntamiento o en el Juzgado y su ceremonial se ha ido dignificando gradual­mente, si bien los informantes de nuestras encuestas subrayan que carece de la solemni­dad del matrimonio celebrado en la iglesia. En Vasconia peninsular los matrimonios civi­les fueron poco frecuentes pero su número se ha incrementado en los últimos años.

Hace unas décadas, finalizada la ceremonia, la novia solía ofrendar el ramo de flores a la Virgen en la misma iglesia o en una capilla de su devoción; en algunas localidades se implan­tó el uso de depositar el ramo en la tumba familiar. Más reciente es la entrega del ramo a una amiga o su lanzamiento al aire en la cre­encia de que quien lo recoja será la primera en casarse.

El retrato de boda que perpetúa un aconte­cimiento importante en la vida se generalizó hace muchas décadas; los recién casados solí­an acudir antaño al estudio de un fotógrafo para hacerse la fotografía oficial que luego, enmarcada, se colocaba en la dependencia más señalada de la casa; una copia se enviaba a los familiares que vivían lejos. En Vasconia continental la fotografía del grupo de todos los asistentes formaba parte del ceremonial de la boda.

Cuando los desplazamientos se hacían a pie la comitiva se encaminaba desde la iglesia a la casa o al establecimiento donde se iba a cele­brar el banquete de bodas. A veces se incor­poraba a este cortejo el carro de boda, eztai­-gurdia, con el arreo y el ajuar. Más frecuente­mente, sin embargo, este transporte del arreo se hacía algunas fechas antes o después del casamiento.

La exposición del contenido del arreo era antaño un acto ceremonioso; una mujer, y a veces la misma costurera que había interveni­do en su confección, era la encargada de hacer en voz alta, con asentimiento y comen­tarios irónicos de los presentes, el recuento pormenorizado de las prendas y de los objetos aportados. Este ceremonial junto con el ban­quete de boda o tornaboda formaba parte de los ritos de entrada en el nuevo hogar, etxe-sar­tzea.

Como ocurría con todos los acontecimien­tos importantes, el banquete de bodas, eztei­-bazkaria, se celebraba en casa. En ocasiones el banquete tenía lugar no el día del casamiento sino el domingo siguiente, al regreso de un corto viaje de bodas. Ese día la nueva esposa tomaba posesión de la sepultura de su nueva familia en la iglesia, eliz hartzea. Con ello asu­mía la tarea de dar culto a los antepasados de su nueva casa.

Las celebraciones nupciales, podían durar uno, dos y hasta tres días, según fuera el rango y la capacidad económica de la casa. De víspe­ra se sacrificaban los animales domésticos para obtener las viandas. En la preparación del lugar del banquete y en la elaboración de los platos participaban las mujeres de la casa, ayu­dadas por vecinas y cocineras profesionales.

A partir de los años cincuenta se ha genera­lizado el uso de celebrar el banquete de bodas fuera de casa, en establecimientos dedicados a servir comidas.

Juntamente con el matrimonio, también el sacerdocio celibatorio y la profesión religiosa se han considerado popularmente como "esta­dos de vida" en la sociedad tradicional. Las tomas de hábito religioso y las primeras misas comportaban celebraciones similares a las del casamiento.

Habiendo optado por el matrimonio, la des­cendencia fue vista como una bendición que garantizaba la continuidad de la casa y del linaje. Quien se quedaba soltero, o soltera, por tradición continuaba vinculado a la casa y permanecía incorporado a la familia. En el ámbito familiar los solteros han gozado gene­ralmente de estima por parte de sus deudos: socialmente han sido más veces menosprecia­dos.

Los casamientos en edad tardía, así como los de viudos, fueron antaño objeto de sonoras cencerradas y escenificaciones burlescas. En su día las autoridades civiles y religiosas dicta­ron normas para aminorar las consecuencias sociales de estas crudas costumbres, hoy olvi­dadas.