Pruebas de puntería. Kontzalo

De Atlas Etnográfico de Vasconia
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Entre los juegos de lanzamiento de piedras, los que consisten en probar la puntería son los más habituales. A menudo tienen carácter competitivo y no es raro que la diana sea algún objeto de cierto valor, como el cristal de una ventana, un pequeño animal e incluso un rival.

En Zerain (G) los chicos se reunían debajo de la torre de la parroquia, con diez piedras cada uno, para poner en práctica un juego que lamaban «Kanpai jotzea». Como su nombre indica consistía en arrojar las piedras al campanario, situado a unos veinte metros del suelo, y atinar a la campana. Para que la tirada fuera válida el sonido obtenido debía ser metálico.

Pero este juego tenía segundas partes. Cuando el párroco encontraba la torre llena de piedras, aguardaba a cogerles «in fraganti» o aprovechaba el día en que los niños acudían a clase de catecismo para reunirlos a todos y subirlos escaleras arriba hasta la torre. Allí, uno a uno, les hacía coger las piedras, una cada vez, y bajarlas al camino viejo e incluso hasta el riachuelo que corría por el fondo del valle. Este ejercicio podía durar mucho tiempo, pero los chicos no acabaron de escarmentar, pues este entretenimiento fue muy popular hacia los años cuarenta y cincuenta.

Los tres juegos siguientes proceden de Hondarribia (G):

«A puntería». Juego de todas las generaciones y épocas. Se pone a prueba la puntería del lanzador con una lata, botella o similar a modo de diana.

«Al potua». Tomaban cuatro botes o recipientes de hojalata y ponían dos debajo a modo de base y los otros dos encima. Los chavales, desde unos ocho metros y armados con cuatro piedras cada uno, iban tirándolas consecutivamente. Ganaba quien más botes derribaba de una vez, organizándose eliminatorias. El capitán siempre era el primero en tirar. Se llamaba así al jugador que por medio de un «cara o cruz» previo salía afortunado.

«La basurera». El jugador se ponía frente a una papelera, a una distancia prefijada, con tres piedras, una de las cuales, cuanto menos, debía encestar para no ser eliminado. Luego se alejaba un poco más del cesto y repetía la operación. Así hasta que quedaba un solo campeón.

A todos ellos jugaban igual chicos que chicas, aunque eran practicados más frecuentemente por los primeros; el que lo hicieran las últimas era excepción.

En Goizueta (N) llamaban «Alkantzona» a un juego que consistía en hacer diana sobre un corcho, txantol, posado encima de una pared y en el que cada jugador había clavado un alfiler. En primer lugar acercaban una piedra a dicha pared y el que más próxima la dejaba intentaba atinar al corcho. Si el primero fallaba pasaba a probar suerte el segundo y así sucesivamente.

En Bermeo (B), uno de los juegos que practicaban a principios de siglo los chavales del barrio de Albóniga, cuando caminaban por el monte detrás del burro, consistía en lanzar una piedra delante de si y a continuación arrojarle otra intentando golpearla. A este juego se le llamaba «Arri-arrike».

En Zerain (G) se conocía como «Arri-arrika» una modalidad similar. Cuando los chicos caminaban por sendas o caminos rurales recogían piedras y las lanzaban hacia delante y antes de que quedaran sin movimiento les arrojaban otras tratando de catapultarlas más lejos, todo ello sin dejar de caminar.

Con el nombre de «Kontzalo» se designaba en Ataun (G) un juego de niños y también una piedra fija que en él se usaba. Esta piedra solía ser natural, de forma sensiblemente cónica o piramidal, cuyas dimensiones ordinariamente no pasaban de dos centímetros de altura por uno de anchura en la base y otro tanto de largura. Su base descansaba sobre el suelo. Los jugadores, provistos cada uno de un guijarro un tanto alargado, se colocaban junto al kontzalo. Desde allí lo lanzaban a la distancia que creyesen conveniente. Aquél cuya piedra hubiese llegado más lejos, era el primero en volver a lanzarla contra el kontzalo desde el lugar donde hubiera caído en el lanzamiento anterior. Si lo alcanzaba y lo derribaba ganaba diez tantos y se volvía a jugar. Si el primero no atinaba, pasaba a probar fortuna el que le seguía en distancia. Así se continuaba hasta que uno de los jugadores llegaba a ganar cien tantos.

A partir de aquí el juego continuaba de forma que recuerda al conocido «Txorro-morro». Los perdedores eran obligados a ponerse agachados contra una pared, uno detrás del otro, y cada uno debía sostener a horcajadas sobre su espalda al vencedor en tanto no acertase el número de dedos que éste le iba colocando entre los hombros mientras decía estas palabras: «Anda, anda, zenbat beatz?» (Anda, anda, ¿cuántos dedos?).

En Andoain (G) este juego era conocido con el nombre de «Tomatepoteka» sin duda porque era un bote de tomate el que servía de kontzalo.

En Garagarza-Arrasate (G) lo denominaban «Marro» o «Esku-eskuka» y jugaban lanzando una piedra llamada marrón a un bolo hincado en el suelo.

Probando puntería. Leioa (B), 1993. Fuente: José Ignacio García Muñoz, Grupos Etniker Euskalerria.
Probando puntería. Leioa (B), 1993. Fuente: José Ignacio García Muñoz, Grupos Etniker Euskalerria.

Un juego de puntería muy conocido en Alava y Navarra es el denominado como «La calva»[1]. Con este nombre se le conoce en Ribera Alta, Salinas de Añana (A), Allo, Aoiz e Izal (N). En Lezaun (N), además del nombre anterior recibe el de «Al lo».

A pesar de que la forma original de jugarlo parece haber sido con piedras, no ocurre así en todas las localidades. A menudo el objeto que sirve de diana es de otro material: un palo, una pieza de madera, un cuerno, un bote de conservas vacío e incluso una pelota. El uso de piedras como proyectiles sí parece en cambio más generalizado[2].

Los chicos de Lezaun lo practicaban mientras pacentaban. Escogían una losa plana, a la que denominaban lo, y la disponían vertical en el suelo. En caso de que por la dureza del terreno no se pudiese clavar, se le colocaba detrás otra piedra que la sostuviera. Tomaba parte un mínimo de dos jugadores con dos o tres piedras cada uno, que lanzaban de una en una y por turno. El que conseguía derribar la losa hacía «lo». A lo largo del juego, quien menos «los» llevara se encargaba de izar la piedra cada vez que era derribada o de restituirla cuando se rompía por los impactos. Este juego desapareció en los años cincuenta.

En Ribera Alta clavaban un palo en el suelo y le lanzaban piedras alargadas tratando de darle. El ganador era el que acertaba o el que más cerca dejaba su proyectil. Se trataba de un juego tanto de niños como de adultos. Estos lo practicaban habitualmente en otoño o invierno cuando iban al monte a cortar leña y solía acompañarse de apuestas, a menudo consistentes en un cordero.

En Izal se colocaba en el suelo una pieza de madera, que recibía el nombre de ñito, y desde una distancia aproximada de quince metros se arrojaba la piedra tratando de impactar sobre ella. Este juego sigue vigente, pero practicado solamente por hombres y durante las fiestas patronales.

En Allo es corriente ver jugar «A la calva» hoy en día en el recinto de las piscinas municipales durante la temporada de verano. Para ello se lanza a distancia una pelota y después todos los jugadores van tirando la suya intentando dejarla lo más próxima posible a la primera. Gana quien la acerca más.

Durante las primeras décadas del presente siglo, el juego de la calva se practicaba en esta localidad navarra con piedras redondeadas que cada participante escogía. La misma calva era también un ruejo de piedra, aunque mayor.

En Aoiz fue un entretenimiento exclusivamente masculino que se jugó desde finales de la década de los diez hasta 1930. Pero no era estrictamente infantil ya que se practicaba desde la adolescencia hasta la madurez. Para jugar utilizaban un bote de tomate vacío y una piedra que modelaban frotándola contra otras hasta darle forma cilíndrica. Medía unos 15 cm. de largo por ocho de ancho. Se establecía el orden de participación por cualquier procedimiento y seguidamente lanzaban la calva contra el bote para derribarlo. El que conseguía mayor número de derribos con menos tiros era el ganador. En esta localidad no se apostaba nada.

En Salinas de Añana (A) se ponía un cuerno de buey clavado en el suelo y desde una cierta distancia se tiraba con las calvas, que podían ser unas piedras o tubos de unos cinco centímetros a los que se les metía una madera por dentro, o sólo de madera, o de madera a la que se le hacía una botana y se le metía un hierro. Claro está que la que pesaba más normalmente llegaba mejor. Se jugaba en las eras y en invierno, o cuando hacía mal tiempo, en el juegobolos.

En Garde (N) se coloca una jarra o una lata alejada de los jugadores y el que consigue derribarla lanzando un palo gana.

En Allo (N) una modalidad de este estilo se denominaba «El hite». Se ponía un bote de pie en el suelo y sobre él una piedra. Los jugadores, cada uno con una piedra en la mano, se colocaban a cierta distancia del hite y desde allí iban arrojando la piedra intentando derribar el bote. Cuando esto ocurría se decía: «El hite está borracho», y mientras el jugador al que tocaba pagar volvía a incorporarlo, los demás tenían que recoger sus piedras y regresar a la línea de lanzamiento sin ser alcanzados.

En Romanzado y Urraul Bajo (N) jugaban a una versión llamada «El chute» que guardaba bastantes semejanzas con ésta de «La calva», pero que mostraba mayor complicación. Se utilizaba un cuerno de carnero y a falta de él un bote de tomate vacío. También había un chico que la paraba que se colocaba cerca del cuerno. Los demás jugadores tiraban desde una raya con una piedra parecida a la calva a pegarle al chute. Cuando uno le acertaba y salía proyectado, el que la paraba corría a colocarlo en su sitio; mientras, el lanzador acudía raudo a recoger la piedra, tras lo cual regresaba a la raya. El primero, cuando había puesto el cuerno en su sitio, corría a pillar al otro antes de que alcanzase la línea. Si lo pillaba, éste pasaba a quedarse; si no, proseguían las tiradas.


 
  1. Joaquín Jiménez en su obra El juego de bolos en Alava. (Vitoria, 1970, pp. 17-20), incluye un relato en el que se explica el origen de este juego. Este mismo relato ha sido recogido durante la realización de la encuesta en Valdegovía (A).
  2. Jose M.ª IRIBARREN. Vocabulario Navarro. Pamplona, 1984, p. 111. En una de las acepciones de la voz calva, Iribarren señala que se trata de un, juego popular en Pamplona, Zona Media y Valles montañeses que consiste en lanzar una piedra cilíndrica contra un objeto, ya sea taco de madera, ladrillo, etc.”. También que en este juego, “denomínase calva a la acción de tirar al suelo el ladrillo o bote, o de romper la botella que sirve de blanco. ¡Calva! es, también la exclamación de triunfo por haber conseguido derribar el blanco. (Zona de Sangüesa)”.