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Arrojar un puñado de tierra

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En ocasiones los primeros en cumplir con este ritual eran los sacerdotes que celebraban la inhumación.
 
[[File:7.186 Tierra al sepulcro. Grabado de Tillac.jpg|center|500px|Tierra al sepulcro. Grabado de Tillac. Fuente: Azkue, Resurrección M.ª de. Euskalerriaren Yakintza. Tomo I. Madrid, 1935.]]
En Apellániz (A), después de las oraciones de rigor y de meter el féretro en la fosa, los sacerdotes cogían una palada de tierra y la arrojaban a la sepultura, tras lo cual todos los presentes hacían lo mismo con un puñado de tierra que habían besado previamente<ref>Gerardo LOPEZ DE GUEREÑU. “Muerte, entierro y funerales en algunos lugares de Alava” in BISS, XXII (1978) p. 197.</ref>.
En Galarreta (A), una vez rezado el responso, el cura echaba con una azada un poco de tierra encima del ataúd; a continuación los asistentes tomaban un puñado, lo besaban y lo dejaban caer sobre el féretro diciendo: «Hasta que nos traigan a nosotros». Después volvían a la iglesia a rezar responsos<ref>AEF, III (1923) p. 59.</ref>.
 
[[File:7.186 Tierra al sepulcro. Grabado de Tillac.jpg|center|500px|Tierra al sepulcro. Grabado de Tillac. Fuente: Azkue, Resurrección M.ª de. Euskalerriaren Yakintza. Tomo I. Madrid, 1935.]]
En algunos pueblos de Gamboa (A), una vez depositada la caja en la fosa, se tenía la costumbre de echar unas paladas de cal viva, se supone que por motivos de salubridad. A continuación el cura en primer lugar y los familiares y asistentes después cogían un puñado de tierra, lo besaban y lo arrojaban sobre el féretro; algunas personas depositaban flores encima de la caja. Después, mientras los familiares y los demás asistentes abandonaban el cementerio, los mozos cubrían el agujero con la tierra extraída. Esta costumbre sigue vigente excepto en Ullibarri-Gamboa, ya que desde 1947 sólo existen nichos y un panteón.
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