Matrimonios convenidos por los padres

De Atlas Etnográfico de Vasconia
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Los testimonios recogidos muestran que hasta principios de este siglo los matrimonios convenidos no fueron extraños en el territorio de Euskalerria. En este apartado nos referimos sobre todo a los matrimonios en que los padres decidían las parejas para sus hijos atendiendo a intereses de diferente naturaleza en mayor medida que a los deseos personales de los jóvenes. Entre estos intereses destacaba la laboriosidad y sobre todo la posición económica.

Casamientos por intereses económicos

En un buen número de ocasiones la mayor preocupación de los padres era mantener el poder económico de la casa y a ser posible acrecentarlo.

En Orozko (B) los padres deseaban como es natural lo mejor para sus hijos, pero como también había que mantener la casa intentando mejorarla, era importante que las uniones se establecieran entre jóvenes de condición social similar. Llegado el momento el padre solía lanzar globos sonda a los padres de los posibles futuros consortes de sus hijos, pidiendo y ofreciendo bienes materiales así como indicando sus cualidades personales. Estas ofertas solían ser comunicadas y comentadas en el seno de la familia, por lo que los hijos podían dar su parecer sobre los jóvenes que se les proponían y a quienes habitualmente ya conocían. En algunos casos la relación amorosa había surgido entre los jóvenes con anterioridad a que los padres intentaran llegar a un entendimiento.

En Lezaun (N) era muy frecuente que los padres arreglaran las bodas de los hijos procurando buscarles casa con buena hacienda. En caso de matrimonios sin hijos casaban a dos sobrinos para que siguiera la casa, aportando un sobrino de cada parte. Aunque no fuera común señalan que a veces los padres casaban a la hija heredera con el mejor postor, siendo siempre una hija la que se veía en tal circunstancia.

En las áreas donde existía la costumbre de que fuese un único hijo el que heredase la casa y las tierras para no fragmentarlas, la preocupación consistía en casarlo con un miembro de otra casa de su mismo estatus.

En Las Améscoas (N) el contexto socio-económico condicionaba la elección de pareja en la que los padres tenían una intervención decisiva. El creer un deber la conservación del patrimonio familiar y el acrecentarlo en lo posible hacía que un solo hijo encontrara acomodo en la casa paterna. Los restantes se veían abocados a emigrar a América o a ingresar en un convento. Por tanto se pensaba "que el casarse a sueltas era un acto heroico". Con el nacimiento de los hijos las familias sopesaban su futuro con dichos como "para nosotros no hay acomodo más que en la casa tal" (una de la misma posición que la de ellos) y algunos padres para enfriar el entusiasmo de sus hijos por un matrimonio únicamente por amor advertían a sus hijos que "los que se casan a sueltas lloran mucho" por las dificultades que surgían al no contar con patrimonio[1].

En Obanos (N) ha sido común que en familias con medios económicos y cuando se trataba del hijo heredero fueran los padres los que prepararan la boda, aunque si no les gustaba el pretendiente no les obligaran a casarse.

En Gatzaga (G) los padres intervenían en el matrimonio de sus hijos mayorazgos, preocupándose por el porvenir del caserío. Un elevado porcentaje de estos matrimonios se realizaban gracias a la intervención de los padres y de los sacerdotes pero, salvo muy raras excepciones, nunca llegaron a tener la fuerza de una imposición[2].

Según Urabayen en la zona septentrional de Navarra se elegía para hacer donación del patrimonio a uno de los hijos en el momento que éste contraía matrimonio. Eran los padres los que arreglaban la boda, contando poco con la voluntad de los hijos, que muchas veces no tenían antes del matrimonio sino un trato de pocos días, que únicamente servía para apreciar las condiciones físicas de la pareja. No se pasaba adelante sin contar con la voluntad de los hijos, pero no era común que éstos se opusieran a la elección hecha por sus padres. También había casos en los cuales el hijo tomaba la iniciativa[3].

El interés por concertar un buen matrimonio llevaba a los padres a obligar a casar a alguno de sus hijos, normalmente una hija, con el heredero de otra casa o con una persona adinerada, aunque ésta tuviese una edad muy superior.

En Aoiz (N) era común que los padres arreglasen el casamiento de sus hijos sin contar con la voluntad de éstos. Los encuestados recuerdan que esto fue más frecuente a principios de siglo cuando los padres obligaban a los hijos, especialmente a las chicas, a aceptar al esposo que se les imponía aunque para ello tuvieran que romper con la relación que hasta entonces mantenían. Los motivos de tales arreglos eran casi siempre de índole económica; cuando un hombre volvía de América con fortuna los padres de las mozas veían en él un medio de elevar la riqueza familiar por lo que obligaban a sus hijas, generalmente más jóvenes, a casarse con ellos. También era usual casar al tío con una sobrina y en las familias pudientes buscaban una persona de igual o mejor situación económica para aunar las fortunas.

En Beasain (G) en los años treinta los padres obligaban o indicaban a la hija la persona con quien debía casarse a lo que ella accedía en la mayoría de los casos. Esta situación se daba sobre todo cuando el pretendiente era el mayorazgo de algún caserío. La misma situación se registraba en Bidegoian (G) donde fueron numerosos los matrimonios concertados por los padres hasta la década de los cincuenta.

En definitiva, la principal causa que motivaba los matrimonios de conveniencia era de índole económica. En la localidad navarra de Garde frecuentemente eran los padres quienes aconsejaban e incluso imponían el futuro marido o mujer. Los motivos siempre eran de orden económico y relacionados con intereses de tipo ganadero o agrícola. Se intentaba que los hijos no herederos se casaran con otros que sí lo fueran. Estos tratos también eran una forma de saldar deudas entre los padres, quedando resueltas mediante el matrimonio de los hijos.

En Moreda (A) los padres preparaban en muchos casos los noviazgos y matrimonios de sus hijos. Se miraba con interés la hacienda que tuviera la otra parte además de otras circunstancias entre las que se valoraba que el novio no fuera bebedor.

En Allo (N) aunque no se considerara práctica habitual también se convinieron matrimonios, casi siempre cuando mediaban intereses económicos. Parece ser que eran más frecuentes en la Montaña.

En Carranza (B) algunos informantes saben de la existencia de matrimonios de conveniencia en tiempos pasados. Estos casamientos eran arreglados por los padres de ambos contrayentes en función de intereses económicos, generalmente primando la posesión de casa y de tierras. Era motivo de orgullo para los padres que sus hijos "se casaran bien". Contra la práctica de establecer matrimonios primando los bienes, esto es, "por el tener" aconsejaba el dicho popular:

No te cases por teneres
que son bienes de fortuna
cásate con buena moza
que lo bueno siempre dura.

Al realizarse la mayoría de los matrimonios de conveniencia por intereses económicos éstos solían ser más frecuentes entre las familias adineradas ya que mediante estas uniones veían aumentar su fortuna (Amézaga de Zuya, Gamboa, Treviño-A; Beasain, Bidegoian-G; Artajona, Garde, Monreal, Obanos y Sangüesa-N).

En Bigüezal-Romanzado y Urraul Bajo (N) en las casas fuertes tenían por costumbre que las bodas las organizaran los padres. Los demás se buscaban la novia donde podían. El deseo de conservar casa y bienes y, a ser posible, acrecentarlos, era la razón por la que los padres se preocuparan por el casamiento del heredero, fijándose en casas de por lo menos igual categoría para la elección del posible cónyuge[4].

En Arrasate (G) los noviazgos dirigidos por los padres se daban entre familias de caseríos de cierta raigambre, cuando los padres y sobre todo las madres influían grandemente a la hora de buscar la pareja de sus hijos.

En Artajona (N) se conocen varios casos en que los padres arreglaron las bodas de sus hijos, contando muy poco el deseo de éstos. Siempre se trataba de familias adineradas.

En Monreal (N) el arreglo del matrimonio de los hijos entre dos familias era habitual entre gentes de buena posición. Se intentaba dar continuidad al patrimonio familiar. Esta práctica estuvo en vigor hasta finales de los años cuarenta, aunque en los sesenta todavía se mantenía la preocupación de las familias acomodadas por conseguir un buen matrimonio para sus hijos.

En Sangüesa (N) en las familias de buena posición los padres arreglaban el matrimonio, sobre todo cuando uno de ellos era forastero.

En Gamboa (A) lo usual era que los contrayentes fueran de un mismo nivel social y económico. En su mayor parte se trataba de labradores rentistas y en menor medida de propietarios y los matrimonios se celebraban sin mezclarse las dos escalas sociales. Fue muy comentado en esta localidad por inusual el enlace del heredero de una de las familias con mayores posesiones con una moza perteneciente a una casa de inquilinos. En Orozko (B) nunca se producían matrimonios entre hijos de propietarios y de inquilinos.

Cuando los matrimonios eran arreglados por los padres a veces atendían exclusivamente a sus intereses económicos, sin preocuparse por los deseos de sus hijos.

En Bermeo (B) fue muy frecuente, sobre todo en los caseríos, que los padres arreglaran las bodas sin tener en cuenta a los hijos o consultándoles mínimamente. Estos arreglos obedecían a intereses económicos entre los dos grupos familiares, que tras laboriosas negociaciones para fijar la aportación de cada parte llegaban a un acuerdo ante notario que debía ser respetado por todos.

En Izpura (BN) los padres podían decidir el matrimonio de sus hijos dando más importancia a las rentas de las tierras, la dote y la vecindad, que a las inclinaciones naturales de aquéllos. Algunas jóvenes no aceptaban estos arreglos y preferían meterse monjas o aguardar hasta los veinticinco años, edad a la que no estaban ogligadas a obedecer a sus padres. En Donaixti-Ibarre (BN) también fue habitual que los padres concertaran los matrimonios sin pedir consejo a los interesados.

En Goizueta (N) en numerosas ocasiones los padres arreglaban la boda de sus hijos haciendo caso omiso a sus deseos y en contra de su voluntad. A pesar de ello se dice que los padres solían tener buen criterio ya que la mayoría de los casamientos salieron adelante, dando buenos frutos.

En Nabarniz (B) en algunas ocasiones los padres también arreglaban el matrimonio de sus hijos. En tiempos pasados se cree que fueron más frecuentes que los de libre elección, pues de casarse contra la voluntad de los padres corrían el riesgo de que no les hicieran donación o testamento a su favor de la casa y sus pertenecidos.

En algunas localidades los padres pedían el consentimiento de los hijos. En Apellániz (A) cuando ambas familias habitaban en el mismo pueblo, los padres del muchacho se dirigían a los padres de la moza que era de su agrado y caso de que fueran aceptadas sus proposiciones se consultaba a los futuros esposos. Si las familias residían en distinto lugar era una tercera persona, generalmente un pariente, el que empezaba las gestiones. Si resultaba un convenio aceptable, una vez acordada la aportación de cada contrayente, se concertaba la fecha de la boda[5].

En Lemoiz (B) los matrimonios convenidos fueron usuales hasta mediados del presente siglo. Ello requería el acuerdo de los respectivos padres, quienes para formalizar la unión trataban de obtener unas condiciones económicas ventajosas. Conseguido el acuerdo se comunicaba el mismo a los hijos y si daban su conformidad quedaba establecido el noviazgo.

En otras localidades apuntan que los matrimonios no se celebraban mientras no existiera el consentimiento de los hijos. En Moreda (A) los padres arreglaban el casamiento de sus hijos teniendo en cuenta la voluntad de los jóvenes. En Salvatierra (A), Lezama, Urduliz (B) y Obanos (N) tampoco se celebraba la boda sin el consentimiento de los hijos aunque los padres hubieran tomado parte en su preparación. En Bernedo (A) los padres de ambas partes preparaban la boda pero respetaban la voluntad de los hijos; sólo en alguna ocasión llegaron a impedirla.

Ir a vistas

En algunas poblaciones se ha constatado la costumbre de que los padres arreglasen el matrimonio sin que sus hijos se conociesen. Posteriormente concertaban un día en el que ambas familias se reunían a fin de que los novios pudiesen verse, por eso, este acto recibía la denominación de "ir a vistas". En el apartado anterior también aparece citado el mismo, cuando una persona que actuaba de intermediaria o casamentera se encargaba de reunir por primera vez a dos jóvenes que no se conocían.

En Salvatierra (A) se daba algún caso de arreglo de casamiento por parte de los padres, excepcionalmente sin conocimiento de los hijos. Por ese motivo se celebraba una reunión de las dos familias con los interesados acompañada de una comida suculenta para que se conociesen los jóvenes antes de adoptar la decisión. A este acto se le llamaba "ir a vistas".

En Mendiola (A) los padres de los presuntos contrayentes proponían el enlace de sus hijos sin que éstos, en muchas ocasiones, tan siquiera se conocieran. Los padres que tuvieran hijos casaderos se juntaban en dos lugares concretos del pueblo, uno de ellos la plaza del ganado de Vitoria. Allí solían preguntar a los tratantes o a otros ganaderos si tenían o sabían de algún muchacho o muchacha solteros con quien emparejar a su descendiente. Cuando obtenían una respuesta positiva, tras un diálogo entre los familiares de los presuntos novios, éstos fijaban el "día de vistas" para que los novios se conocieran por primera vez. A partir de ese momento la pareja se citaría una o dos veces más y se casarían cumpliendo el deseo de los padres de ambos cónyuges, no siempre coincidentes con el de los contrayentes.

En Lekunberri (N) hasta principios de siglo los padres se juntaban en la feria de ganado de Irurzun que tenía lugar el 1 de marzo y hacían el trato para concertar el matrimonio de los hijos, habiéndolo de cumplir estuviera o no de acuerdo la pareja. Se estipulaba un día denominado "a vistas" en que los padres presentaban a sus hijos para que se conocieran[6].

En tierras de Urraul y el Romanzado (N), los padres concertaban una entrevista de presentación de los candidatos en casa de la novia. Después, ya en privado, las familias comentaban las incidencias del encuentro, valoraban los aspectos tanto positivos como negativos de la experiencia y emitían su propio juicio de valor que condicionaba definitivamente el resultado. Es lo que llamaban "ir a vistas"[7]. Refiriéndose a Navarra también, Urabayen señala que a dicha entrevista acudían los presuntos novios y los padres de ambos, celebrándose la misma en Pamplona o en un pueblo que no fuera el de los futuros contrayentes, no hablando éstos a solas. Si los jóvenes daban su conformidad, los padres continuaban las negociaciones hasta que se llegaba a un acuerdo o se desistía de la boda[8].

Según la encuesta del Ateneo, realizada a principios de siglo, esta costumbre de las vistas era común en todo el territorio de Alava a excepción de Vitoria. Se convenía por los padres, o en su defecto por los parientes más próximos, el día en que se había de realizar la visita y se elegía de común acuerdo el lugar de reunión; a ser posible equidistante de los lugares en que viviesen ambas partes. Una vez reunidos todos, comenzaban los tratos entre los padres mientras que los hijos permanecían separados de ellos sin enterarse de las discusiones y regateos. Cuando los progenitores llegaban a un acuerdo acerca de lo que debían dar a sus hijos, pedían la comida. Durante la misma no se hablaba nada del asunto hasta que a los postres y ya de sobremesa manifestaban a sus hijos el motivo de haberse congregado allí. Entonces los pasaban a una habitación inmediata y los dejaban solos para que hablasen entre sí y vieran si se gustaban o no. Transcurrido el tiempo que conceptuasen oportuno, los llamaban y les preguntaban si estaban conformes en casarse. Generalmente contestaban afirmativamente y entonces decidían la fecha en que se escrituraría lo pactado. Si alguno de los dos daba una contestación negativa se le pedían explicaciones y si eran fundadas se atendían, de lo contrario se hacía caso omiso de su opinión. Los gastos se pagaban a escote entre los asistentes. A veces acudían también los abuelos[9].

En Tolosa (G) los novios, que se desconocían, tenían su primera entrevista previa cita y con asistencia de sus padres y amigos en algún pueblo en el que hubiese mercado o feria[10].

En Aoiz (N) también existían las vistas. Iban a ellas los padres del novio cuando se verificaban en la casa de la novia, en caso de que se citaran en otro lugar se desplazaban las dos partes. En Estella (N) cuando los novios no se conocían las vistas solían tener lugar en puntos distintos de los de residencia de los pretendientes. Para ver a la novia se valían de algún pariente o amigo del novio en cuya casa se hospedaba éste; de allí pasaba adonde estaba la chica. Si se gustaban menudeaban las visitas hasta que todo quedaba arreglado mediante la intervención de los padres, que habían estado presentes en la primera entrevista. En Pamplona (N) acudían los novios con sus respectivos padres o alguna otra persona de la familia y se convenían las condiciones bajo las cuales podía verificarse el matrimonio[11].

En este apartado y en el anterior, referido a los casamenteros, se han recogido varios ejemplos de cómo la feria de ganado constituía un punto de encuentro donde coincidían los padres con hijos solteros y casaderos. Posiblemente el tratarse de un recinto donde se reunían gentes de un ámbito geográfico más amplio que el cotidiano y donde se establecían relaciones de compra venta, contribuía a facilitar la labor de los padres de emparejar a sus hijos.

En Arrasate (G) la feria anterior a la de Santo Tomás era famosa porque ese día los padres de los presuntos novios concertaban una contraseña que habrían de mostrar sus hijos en la feria y romería general de este santo, en el caso de no conocerse, para poder identificarse y encontrarse. Estos jóvenes, concienciados sobre la conveniencia matrimonial y patrimonial por sus familias, vencían las dificultades que se les presentaban y si llegaban a un mutuo entendimiento el noviazgo proseguía de acuerdo a las estimaciones y conveniencia del caserío al que estaban destinados.

Enlaces ajustados. Truke-ezkontza

En algunas ocasiones los padres negaban al pretendiente de su hija menor el consentimiento para la boda, derivando y orientando su solicitud hacia una hermana mayor que se suponía habría de casarse primero (Orozko, Zeanuri-B).

En Artziniega (A) un joven acudió al padre de familia para pedirle la mano de su segunda hija, el cual no accedió contestándole de la siguiente manera: "Aquí se empieza por el primer peldaño, o sea, si te quieres casar, lo haces con la mayor".

En Beasain (G) varios informantes recuerdan el caso del hijo de un conocido y próspero comerciante que solicitó del señor, etxejaun, de un caserío la mano de su segunda hija, de la que se declaraba enamorado. Cual no fue su sorpresa cuando el padre, a pesar de la buena situación económica del pretendiente, le contestó que aunque le parecía muy bien, "el pan en su casa se empezaba por la punta" y que si quería casarse con alguna de sus hijas debería hacerlo con la mayor. Y así lo aceptó el pretendiente y trajo a su casa como esposa a la hermana mayor de la que había ido a buscar.

En Bidegoian (G) relatan que un chico de Tolosa se fijó en una chica de Bidania en la celebración de una boda. Le gustó mucho y acompañado de un amigo acudió a la casa de la joven unos días más tarde para hablar con la madre. La respuesta de ésta fue: "Neri ogia koskorretik astia gustatuko litzaidake" (a mí me gustaría empezar el pan por la punta) refiriéndose a que tenía a la hija mayor soltera y que preferiría que se casara ella la primera. En consecuencia aquel joven se casó con la hija mayor y no con la que le había atraído.

Otra situación peculiar fue la denominada truke-ezkontza. Consistía en el doble matrimonio entre hermanos de dos caseríos. En Gatzaga (G) algunos indicaban que la razón de ser de estos enlaces era fundamentalmente económica ya que suponía un ahorro de gastos y molestias pues en estas ocasiones ambas bodas se celebraban el mismo día con una única ceremonia y comida. Pero al parecer la verdadera razón parecía radicar en la dificultad con que los padres tropezaban a la hora de casar a sus hijos, especialmente a los segundones. Los informantes recuerdan el caso de una joven bien situada económicamente que fue casada con un apuesto mozo de un caserío a condición de que un hermano de éste se casara a su vez con una hermana de la primera, físicamente poco agraciada:

Ederra ta galanta
biak leku baten;
ona ta aberatsa
eztek errez billatzen.
(Hermosura y corpulencia, bondad y riqueza, no es fácil encontrarlas juntas en la misma persona).

Con frecuencia se mejoraba a la hija menos agraciada a fin de poder casarla con mayor facilidad[12].

En Arrasate (G), en ocasiones, problemas derivados de los acuerdos patrimoniales entre familias potentadas encontraron solución en el matrimonio de intercambio, trukezkontza. Se casaba el mayorazgo con la chica de otro caserío y el hermano heredero de ella lo hacía con una de las hermanas de su cuñado. Entre estas familias los contratos fueron factor importante, no existiendo preocupación entre la gente llana.

A veces se han registrado matrimonios por intereses muy diferentes a los detallados hasta aquí. La mayoría de ellos han tenido lugar más por necesidad que por conveniencia.

En ocasiones era preciso acordar matrimonios en los que un viudo con varios hijos volvía a contraer nupcias poco después de morir su esposa para poder sacar a su familia adelante (Amézaga de Zuya-A). Cuando se daba esta circunstancia era corriente que tal mujer fuese hermana de la difunta esposa. El hijo mayor de una familia también podía contraer matrimonio para que su hermano pequeño se librase de cumplir el servicio militar obligatorio, cuando regía la norma de que si el hermano mayor estaba casado, el menor podía librarse de la mili en el caso de que no hubiera más varones en la familia (Gamboa-A). Otra de las razones de estos matrimonios acordados fue que en un caserío no hubiese ningún hombre para trabajar (Carranza-B).

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En cuanto a la consideración de los matrimonios convenidos por los padres, no siempre fue negativa. En Amézaga de Zuya (A) se veían como una buena solución para mucha gente, "cuando dos personas tenían necesidad de unirse, lo hacían aunque no existiese el amor. Con el tiempo y con paciencia ambas personas se estimarían mutuamente y serían capaces de permanecer juntas durante mucho tiempo".

Caro Baroja señala que la defensa del matrimonio de conveniencia, basado ante todo en razones económicas, la hace la sociedad rural vasca mediante la divulgación de un pensamiento supersticioso, según el cual no conviene que los novios se amen mucho, pues en tal caso luego serán desgraciados en su vida matrimonial[13].

Según Satrústegui la intervención de los padres en la boda de sus hijos ha sido una práctica social aceptada y refrendada por el uso aunque también exista la crítica a la postura autoritaria paterna en la elección de estado de los hijos que pone con frecuencia en boca de la novia, obligada a tomar estado, la queja de que también ella es objeto de compraventa como si se tratara de una vaquilla en la feria de cualquier pueblo[14].


 
  1. Luciano LAPUENTE. Las Améscoas, Estudio histórico-etnográfico. 1990, p. 162.
  2. Pedro Mª ARANEGUI. Gatzaga: una aproximación a la vida de Salinas de Léniz a comienzos del siglo XX. San Sebastián, 1986, pp. 141-142.
  3. Leoncio de URABAYEN. “Otro tipo particularista. El habitante del valle de Ezcabarte” in RIEV, XIII (1922) p. 394.
  4. José de CRUCHAGA PURROY. “Un estudio etnográfico de Romanzado y Urraul Bajo” in CEEN, II (1970) p. 216.
  5. Gerardo LOPEZ DE GUEREÑU. “Apellániz, pasado y presente de un pueblo alavés” in Ohitura, 0 (1981) p. 209.
  6. Esta feria de Irurzun y sus vicisitudes respecto a las vinculaciones matrimoniales es mencionada por José Mª Satrústegui en su obra Comportamiento sexual de los vascos. San Sebastián, 1981, pp. 195-196.
  7. José Mª SATRUSTEGUI. Comportamiento sexual de los vascos. San Sebastián, 1981, pp. 195-196.
  8. Leoncio de URABAYEN. “Otro tipo particularista. El habitante del valle de Ezcabarte” in RIEV, XIII (1922) p. 367.
  9. EAM, 1901 (Arch. CSIC. Barcelona) IIAi2.
  10. EAM, 1901 (Arch. CSIC. Barcelona) IIAi2.
  11. EAM, 1901 (Arch. CSIC. Barcelona) IIAi2.
  12. Pedro Mª ARANEGUI. Gatzaga: una aproximación a la vida de Salinas de Léniz a comienzos del siglo XX. San Sebastián, 1986, p. 145.
  13. Julio CARO BAROJA. Los Vascos. San Sebastián, 1949, p. 322.
  14. José Mª SATRUSTEGUI. Comportamiento sexual de los vascos. San Sebastián, 1981, pp. 176-178.