Personas que ejercen prácticas curativas

De Atlas Etnográfico de Vasconia
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En numerosas localidades, sobre todo de población concentrada, se ha recogido que de antiguo han tenido médico en el pueblo y por tanto acudían a él en primera instancia cuando algún familiar se encontraba con fiebre alta o se asustaban por los síntomas que presentaba la dolencia.

No obstante, tal y como se ha podido constatar en Amézaga de Zuya, Bernedo (A); Abadiano, Amorebieta-Etxano, Orozko (B); Astigarraga, Beasain, Bidegoian, Elgoibar, Telleriarte, Zerain (G); Lekunberri, Tiebas y Viana (N), ha sido más habitual seguir el siguiente modo de proceder. El primer remedio, sobre todo en las enfermedades leves, se aplicaba en casa. Se daban tisanas al enfermo o se practicaban friegas de yerbas y sólo si la cosa se ponía difícil acudían al médico. También con carácter previo, si algún vecino había pasado por un trance similar, se tomaba consejo de él.

En Apodaca (A), en tiempos pasados, si la enfermedad era repentina se llamaba al vecino más próximo, el médico vivía a unos tres cuartos de hora de la localidad. Si en la casa del enfermo no había gente, el vecino o un mozo, montado en yegua o en bici, se encargaba de avisar al médico. En Mendiola (A), dada su proximidad a la capital, se acudía al médico. Hasta los años sesenta si se producían fuertes nevadas, el médico tenía que desplazarse a caballo. Había dos personas de la localidad que ponían inyecciones a quienes las necesitaran.

En Moreda, Ribera Alta, Valdegovía (A) y Lemoiz (B) dicen que se acudía y se acude al médico del pueblo en primera instancia; otro tanto se constata en Nabarniz (B) donde al menos desde los años treinta el médico residía en el núcleo. En Sara (L) cuando no se lograba curar al enfermo en casa con los remedios caseros, se acudía al médico del pueblo, a algún otro médico, o a sus sucedáneos los curanderos. En Donoztiri (BN), en caso de enfermedad se consultaba con el médico que vivía en Hazparne, a unos 10 km. Algunas veces, sobre todo cuando la dolencia no se curaba con los remedios prescritos por el médico, se recurría a algún curandero.

En Allo, Eugi, Lezaun, Murchante, Obanos y San Martín de Unx (N) señalan que, sobre todo si se trataba de pequeñas dolencias, además de al médico del pueblo se acudía también, a veces en primer lugar, al ministrante o practicante y al farmacéutico. En Hondarribia (G) hacia los años veinte adquirieron prestigio los practicantes y se les pagaba en especie.

En Abadiano (B) si se trataba de heridas se recurría al practicante y al médico en caso de enfermedad y como último remedio. El médico para llegar a los caseríos alejados del núcleo utilizó en tiempos pasados el caballo como medio de transporte pasando luego por la bicicleta y la moto hasta llegar al coche. En tiempos pasados era muy común que el médico visitara al enfermo en casa, hoy salvo los casos en que éste está imposibilitado o encamado es el paciente el que se acerca a la consulta médica.

En Bedarona (B) se acudía al médico. Solía visitar las casas durante la enfermedad y convalecencia. Le obsequiaban en otras ocasiones cuando bajaban a la plaza de Ea con productos del caserío y en la época de matanza del cerdo con algunos productos de chacinería.

En Carranza (B) al médico se iba cuando la enfermedad era seria. Para visitar al enfermo se desplazaba a caballo. También había practicante y boticario. Señalan los informantes que la atención sanitaria por parte de personal especializado es una de las principales transformaciones habidas en el tratamiento de las enfermedades junto con la generalización del uso de preparados farmacéuticos. Las restantes figuras han desaparecido de la localidad aunque algunas personas sigan solicitando los servicios de curanderos de otras poblaciones.

En muchas localidades existió la figura del saludador, salutadorea, cuya mención en la documentación histórica municipal es abundante. Se trataba de una persona contratada por los ayuntamientos para curar las dolencias o prevenir males del ganado. Era el séptimo varón de siete hermanos varones o la séptima mujer después de siete mujeres o una persona nacida en un día muy señalado, que tenía una cruz en el paladar y gozaba de poderes curativos singulares. Su estudio corresponde propiamente a la veterinaria popular porque, normalmente, venían a saludar el ganado pero su alusión en este apartado obedece a que, en ocasiones, su intervención y competencia se extendía también a las personas. Así por ejemplo, se decía que curaban la rabia o las mordeduras de serpiente si pasaban la lengua por donde se sufría el mal.

Hoy día, según se ha consignado en las encuestas, se ha generalizado la atención sanitaria y se acude al médico al menor contratiempo y algunos por rutina cuando antaño se era más remiso a recibir su visita o a acudir a su consulta.

Figuras asistenciales

En algunas localidades se recurría a las comadronas o parteras, emaginak, no sólo para que asistieran a las parturientas o para que amortajaran el cadáver sino como personas enteradas que podían prestar los primeros auxilios en casos de enfermedad.

En Astigarraga (G), antiguamente, cuando se necesitaba el médico y no se le podía encontrar, se recurría a la partera por sus conocimientos, aunque rudimentarios, de medicina. También en Tiebas (N) se ha constatado que en tiempos pasados se pedía consejo primero a la comadrona. En Améscoa (N) antes de llamar al médico se consultaba con alguna de las personas que se tenían como más entendidas. Dicen los informantes que en todos los pueblos había alguna mujer a la que se consideraba como curandera.

En Carranza (B) había personas sabedoras de determinados remedios o que tenían un don especial para sanar enfermos. Eran conocidas por los vecinos de los barrios cercanos que acudían a ellas a solicitar ayuda cuando estaban enfermas. En el barrio de Ahedo hubo un vecino que poseía unas piedras a las que se atribuían virtudes especiales en relación con los problemas reproductivos de las mujeres. En esta misma localidad encartada, en otro tiempo, además de las parteras existían las llamadas asistidoras que eran personas que auxiliaban a los enfermos en los casos de epidemia, larga enfermedad o pobreza, a cambio de cobrar una módica cantidad[1].

En muchas localidades, tales como Astigarraga, Azpeitia, Berastegi, Elosua, Hondarribia (G); Bermeo (B) y Obanos (N) ejercieron su labor unas mujeres, ocasionalmente fueron hombres, a las que se conocía con el nombre de mamonas o aliviadoras que chupaban la leche de los pechos de las madres afectadas de la enfermedad del pelo o mastitis. En otro capítulo de esta obra se describen las funciones que desempeñaban.

También consta que en tiempos pasados en algunos lugares los barberos se ocupaban de las extracciones dentarias difíciles, que normalmente se solían efectuar en casa (Carranza-B).


 
  1. Nicolás VICARIO DE LA PEÑA. El noble y leal Valle de Carranza. Bilbao: 1975, pp. 370 y 366.