Remedios contra las fiebres de Malta y las fiebres tifoideas

De Atlas Etnográfico de Vasconia
Saltar a: navegación, buscar

En Amézaga de Zuya (A) se ha recogido que el mejor remedio contra las fiebres de Malta era permanecer durante largo tiempo en reposo en la cama, siempre bien abrigado. En Agurain (A) se preparaba infusión de pasmobelarra (Anagallis arvensis) y se tomaba durante nueve días seguidos en ayunas y por la noche al acostarse. En Obecuri (A) decían que era un buen remedio meter dos cangrejos de río en un cuartillo de aguardiente y tomar después una copa de este brebaje cada mañana.

En Olaeta (A), según recogió Azkue a principios del s. XX, para quitar el tifus, se metía azucarillo en agua fresca y se bebía ello en cuarenta días[1].

En Bedarona (B) cuando algún familiar enfermaba de fiebre tifoidea se tenía sumo cuidado en que no contagiara a los vecinos; no se permitía limpiar su ropa en la ría y sus deyecciones había que enterrarlas y cubrirlas con cal. Si el enfermo se recuperaba, toda su ropa, muebles, enseres, etc. se llevaban a la estufa que había en la capitalidad de la localidad, Ea. Se trataba de una habitación de vapores sulfurosos, un lugar de desinfección que se encontraba situado a unos 200 m del pueblo. La curandera de la vecina localidad de Ispaster acudía de noche a las casas de los enfermos de tifus, cuyos familiares solicitaran sus servicios. En Berastegi (G) cuando alguien de casa contraía el tifus, redoblaban la higiene con los utensilios que utilizaba.

En San Martín de Unx (N) se ha recogido que para curar las fiebres tifoideas prescribía el médico guardar cama, ingerir un jarabe o concentrado de cereales denominado Ceregumil y rebajar la calentura con bolsas de hielo, que se traían de la localidad próxima de Tafalla, dispuestas a lo largo del cuerpo.

Hoy día y también en muchas localidades en tiempos pasados tanto las fiebres de Malta como las tifoideas se trataban con medicamentos.

En Sara (L) recogió Barandiaran que para evitar ciertas enfermedades, como tifoidea y otras contagiosas, decían que era bueno fumar sobre todo al acercarse al enfermo.

En Ollo (N) recogió el P. Donostia a comienzos del s. XX un remedio casero contra las fiebres palúdicas. Se ponía un huevo del día, con cáscara, en un vaso, kolubrido con zumo de limón. Se dejaba al sereno una noche y a la mañana siguiente se tomaba el zumo sin el huevo. Había que hacerlo durante tres días[2].

En Navarra, en los años cuarenta, para curar las fiebres tercianas era corriente hacer que el enfermo tomara, en ayunas, tres piojos en agua; utilizaban igualmente como remedio untarse los pies con ajo. También envolverse desnudo durante doce horas en un montón de hojas secas que estuvieran fermentando[3]. En Oria (G) escuchó el doctor Barriola las excelencias del vino con polvo de limar uñas para curar las tercianas[4].

Como antecedente de las prácticas creenciales realizadas en Navarra, se aporta el dato del decreto emitido en 1725 por el Tribunal de la Inquisición de Logroño prohibiendo una larga serie de prácticas supersticiosas. Entre ellas, se describe una para librarse de las fiebres tercianas. Se iba tres mañanas seguidas al campo, rezando en el camino algunos padrenuestros, avemarías y glorias y poniéndose de rodillas delante de la yerbabuena silvestre, rezaban una salve y recitaban la siguiente fórmula: “Yerbabuena silvestre, yo tengo calenturas, y tú no, Dios me quite a mi, y te dé a ti, aquí traigo para ti sal y pan”, y al mismo tiempo echaban sobre dicha yerba migas de pan mezcladas con sal[5].


 
  1. Resurrección M.ª de AZKUE. Euskalerriaren Yakintza. Tomo IV. Madrid, 1947, p. 256.
  2. APD. Cuad. 7, ficha 779.
  3. José M.ª IRIBARREN. Retablo de curiosidades: zambullida en el alma popular. Zaragoza: 1940, pp. 74 y 243.
  4. Ignacio M.ª BARRIOLA. La medicina popular en el País Vasco. San Sebastián: 1952, p. 63.
  5. Tomás de ASCARATE. “De Historia Navarra. Supersticiones” in Juventud Católico-Obrera. Núm. 18. Tafalla: 29-VI-1924, pp. 2-3.