La ofrendera de luces. Ezkoanderea

De Atlas Etnográfico de Vasconia
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La ofrendera cumplía idéntica función en el cortejo, llevara pan o luces. A continuación se mencionan algunas localidades donde se ofrendaban luces. En Vasconia peninsular esta ofrendera encabezaba u ocupaba un lugar significado dentro de la comitiva. Es probable que antaño fuera también abriendo el cortejo en Vasconia continental. Así se recogió en Iholdi[1] (BN), donde antiguamente la primera vecina de la casa mortuoria, ataviada con mantaleta y con un cirio en la mano, iniciaba el cortejo. Hoy día, tal como se ha constatado en las encuestas, en el recuerdo de los informantes está que la ofrendera ocupaba un lugar destacado en el duelo femenino.

En Trapagaran (B) en otro tiempo, el cortejo fúnebre lo encabezaba una mujer joven llevando una cesta con velas encendidas sobre la cabeza.

En Lekeitio (B), antiguamente en el cortejo fúnebre, delante del cadáver iban cuatro seroras portando dos velas cada una o dos con dos velas cada una, o una única serora con una vela. Ello daba nombre a la clase de entierro, zortzikoa, laukoa y batekoa, respectivamente.

En Otazu (A), a principios de siglo, detrás del féretro iban dos muchachas llevando las velas que rodeaban el ataúd mientras estaba expuesto en la habitación de la casa mortuoria y la bandeja de los cirios.

En Mendiola (A), detrás del féretro iban dos mozas del pueblo llevando las velas que habían estado colocadas en derredor del ataúd en la casa mortuoria. En Campezo[2] (A), donde se conoció una costumbre similar, antiguamente, en los entierros de los casados llevaban las candelas metidas en cestaños negros y para los solteros en cestaños blancos, con algún detalle azul.

En Arrasate (G), junto al ataúd caminaban dos chicas vestidas de riguroso luto, una a cada lado, portando dos candelabros con sus velas, adornados con un lazo negro.

En Artziniega (A), una señora llevaba un cestillo de mimbre con velas donde se depositaban monedas con el fin de pagar misas por el difunto.

En Lekaroz[3] (N), era la primera vecina, barride, quien, colocada detrás del cadáver durante su conducción, transportaba la cesta de la cera, forrada de negro, hasta la iglesia.

En Carranza (B), a principios de siglo, encabezaba el cortejo una mujer, ordinariamente de la familia, llevando los elementos que componían «la sepultura» consistentes en velas, candeleros, paños de iglesia. En la década de los sesenta, se ha constatado su vigencia en la parroquia de San Esteban de esta localidad. Generalmente, ocupaba este puesto la hija, la nuera o la nieta de la persona fallecida. Vestía totalmente enlutada e iba situada detrás del féretro. En el barrio de Ahedo, en época anterior, marchaba entre el sacerdote y el ataúd. Llevaba en una cesta de mimbre o en un serón, las velas, el manto blanco, y el candelabro para colocarlos en la sepultura de la iglesia.

En Muskiz (B), una mujer era la portadora de la ofrenda e iba detrás del féretro. Llevaba un cestillo sobre la cabeza y dentro cuatro candelabros con sus velas y un pañuelo blanco bordado. Ella dirigía los rezos en las paradas de la comitiva en los cruces de los caminos y al llegar a la iglesia.

En Baja Navarra y Zuberoa, era por lo común la primera vecina la portadora de la ofrenda de luces, ezkoak, para la sepultura de la parroquia.

En Arberatze-Zilhekoa (BN), la primera vecina portaba un cesto donde llevaba los cirios, ezkoak, encendidos. Estos eran el de la casa mortuoria, el de su casa y, eventualmente, los de otros miembros de la familia y los de los primeros vecinos[4].

En Gamarte (BN), la primera vecina, que marchaba entre las mujeres del duelo junto a la que tenía el vínculo más directo con el difunto, llevaba en sus manos un pequeño cestillo redondo, del tamaño de un queso, con uno o dos cirios, ezko, dentro. Uno de ellos el de la casa del difunto, que en la habitación mortuoria había estado sobre el féretro y eventualmente, el suyo.

En Lekunberri (BN), en el grupo del duelo femenino, a la izquierda de la mujer de la casa, marchaba la primera vecina llevando en sus manos encendido el cirio, ezku, de la casa del difunto. Antiguamente no era sólo la primera vecina sino todas las primeras vecinas quienes portaban en el cortejo fúnebre cirios, ezkuak, encendidos.

En Baigorri (BN), detrás de las mujeres del duelo iba la primera vecina portando el cirio, ezkoa, de la casa del difunto. En Izpura (BN) era en el duelo femenino donde caminaba la primera vecina portando el cirio encendido.

En Oragarre (BN), un vecino caminaba cerca del duelo llevando un pequeño saco con los ciríos, ganderezkoak, que los encendía cuando la comitiva estaba cerca de la iglesia.

En Liginaga (Z)[5], una vecina denominada ezkoandere, que iba situada detrás del féretro, era la portadora de una cesta redonda, obertazaia, donde iban encendidos once o doce rollos de cera bendita. Antiguamente, fue una ahijada del difunto o una vecina la que llevaba en una cesta la ofrenda de un pan, txoina, o dos de 1 kg. de peso cada uno, según que el difunto fuese soltero o casado respectivamente.

En Urdiñarbe (Z), la mujer que cumplía la función de primera vecina portaba en el brazo un gran cesto conteniendo cirios, ezkuak, que se llevaban encendidos: el del duelo familiar, el suyo y los de tres vecinos.

En Zunharreta (Z), la primera vecina llevaba también un gran cesto, que se guardaba en la parroquia, con cuatro o cinco cirios, ezkuak: el de la casa mortuoria, el suyo y los de dos o tres vecinas próximas. En Barkoxe (Z), los cirios, ezkoak, se llevaban en un pequeño canastillo denominados ezkozaüa.

Un caso singular se recogió en Allo (N)[6], donde era uno de los niños más allegados de la familia, situado detrás del cadáver, quien portaba la ofrenda de la «candela» o vela retorcida que durante el funeral ardería en la iglesia, en la cabeza del catafalco.


 
  1. Jean HARITSCHELHAR. “Coutumes funéraires a Iholdy (Basse­Navarre)” in Bulletin du Musée Basque. Nº 37 (1967) p. 112, nota 7.
  2. José Iñigo IRIGOYEN. Folklore Alavés. Vitoria, 1949, p. 38.
  3. APD. Cuad. 2, ficha 198-4.
  4. En algunas localidades de Vasconia continental la primera vecina portaba en el cesto los cirios de las casas que constituían la barriada, auzoa, es decir el de la casa mortuoria y los de los cuatro primeros vecinos.
  5. José Miguel de BARANDIARAN. “Materiales para un estudio del pueblo vasco: en Liginaga (Laguinge)” in Ikuska, III (1949) pp. 34-35.
  6. Ricardo ROS. “Apuntes etnográficos y folklóricos de Allo” in CEEN, VIII (1976) p. 481.