Lloros y lamentos

De Atlas Etnográfico de Vasconia
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En algunas localidades han registrado el hecho de que antaño eran más frecuentes las manifestaciones y expresiones externas de dolor, gimoteos y sollozos, que en Iparralde se conocen como heiagorak, en los actos fúnebres.

En Amézaga de Zuya (A), las mujeres de la familia, vecinas, amigas y conocidas de la persona fallecida que acudían al entierro antiguamente lloraban sentidamente más que ahora. Tal vez ayudaba a ello el que los actos fúnebres fueran solemnes y tristes y se creaba una atmósfera de respeto y temor ante el episodio de la muerte.

En Bernedo (A), a veces, en el momento de dar tierra al cuerpo, algún familiar cercano pronuncia frases de despedida al difunto en tono dolorido. En cualquier caso, esta práctica no es frecuente ni en general está bien vista.

En Ribera Alta (A), además de no conocerse la costumbre de las lloronas, según los informantes tampoco por parte de los familiares y allegados se exteriorizan los sentimientos.

En Murchante (N), cuando el féretro abandonaba la casa algunos familiares directos solían prorrumpir en grandes lamentos. Esta costumbre ha ido desapareciendo paulatinamente.

En San Adrián[1] (N) a veces las mujeres de la familia se asomaban a despedir al muerto y solían gritar desconsoladas expresiones del siguiente tenor: «Adiós, hijo de mi vida»; «¡Ay! ya no te veré más»; «Hijo de mi alma» o «¡En la flor de la vida y que se lo coma la tierra!

En Azkaine (L) se recuerda que había familias donde los lloriqueos eran sonoros, «badire ba, marrumaka aritzen direnak».

En Sara (L), el duelo se llama minduria pero antiguamente minduriak era el nombre con el que se designaba a las plañideras. Se les pagaba por realizar dicha labor. En los años cuarenta no había plañideras en los entierros; pero la mujer que cerraba el cortejo fúnebre o mindduria, aun siendo pariente lejana del difunto, se llevaba a los ojos frecuentemente su pañuelo, haciendo ver que derramaba lágrimas[2]. También hubo lloronas en Donibane-Lohizune (L) y se les conoció con el nombre de mindulinak.

En Zeanuri (B) no se conoce el nombre ni el oficio de plañidera. A los encuestados ni siquiera les parece bien el que los familiares lloren en público. Recuerdan un caso hacia 1932 de lloros clamorosos, negar andiek, vertidos por dos hijas en el pórtico de la iglesia con ocasión de la muerte de su padre. Una de las informantes recuerda el consejo de su madre a este propósito «etxean egin negar; negarrik kanpoan ez dozu egingo» (de tener que hacerlo. llora en casa, pero no delante de los demás).

Heleta (BN), 1987. Fuente: Herriz Herri. N.º 336. St. Palais, 1987.


 
  1. Javier PAGOLA. “Apuntes de etnografía del pueblo de San Adrián” in CEEN, XXII (1990) p. 87.
  2. José Miguel de BARANDIARAN. “Bosquejo etnográfico de Sara (VI)” in AEF, XXIII (1969-1970) p. 121.